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La Copa Mundial de Fútbol llegó rodeada de tensiones: el fútbol como herramienta política


El evento deportivo se encuentra en la mira por diversas polémicas. Las críticas avanzan desde la política migratoria de los países organizadores hasta el modelo de precios dinámicos implementado.




La Copa del Mundo 2026 inició en la capital de México, país encargado de la organización del torneo junto a Estados Unidos y Canadá. Con 48 selecciones y 104 partidos, será la edición más extensa de la historia. Sin embargo, el torneo no solo genera expectativa por el fútbol: las tensiones políticas entre las naciones anfitrionas, las restricciones migratorias impulsadas por Donald Trump, los conflictos internacionales y las críticas por los altos costos para los aficionados acompañan el inicio del torneo.


Uno de los focos de mayor preocupación gira en torno a la política exterior de Estados Unidos. La reciente escalada militar entre Washington e Irán generó incertidumbre sobre la participación de la selección asiática, que finalmente trasladó su base de operaciones a México. Además, dirigentes y aficionados iraníes denunciaron dificultades para obtener visados y entradas, en un contexto donde la política parece tener cada vez más peso dentro de un evento que históricamente intentó mostrarse como neutral.


Tensiones varias


Desde el inicio de su segundo mandato, Trump endureció las políticas migratorias y protagonizó cruces con México y Canadá, sus socios en la organización del Mundial. Aficionados de distintos países denunciaron dificultades para obtener visados, mientras que el árbitro somalí Omar Artan, designado para el torneo, quedó fuera de la competencia tras no recibir autorización para ingresar a Estados Unidos. Organizaciones de derechos humanos y asociaciones periodísticas también cuestionaron las trabas para el ingreso de periodistas y otros participantes. Actualmente, 39 países tienen prohibiciones de viaje totales o parciales hacia Estados Unidos, y cuatro de ellos —Haití, Irán, Senegal y Costa de Marfil— estarán representados en el Mundial.


Las tensiones, sin embargo, no se limitan a Estados Unidos. México, que se convirtió en el primer país en albergar tres Copas del Mundo, vive el torneo con una mezcla de orgullo y conflicto. Aunque el histórico Estadio Azteca volvió a recibir un partido inaugural, el clima de celebración convive con fuertes tensiones sociales: desde el sindicato nacional de maestros hasta colectivos de madres que buscan a sus familiares desaparecidos intentaron llegar al estadio y fueron bloqueados por la policía capitalina.


La imagen de integración regional también dejó en evidencia sus propias contradicciones. Las ausencias de Claudia Sheinbaum, Donald Trump y Mark Carney en los partidos inaugurales de sus respectivos países mostraron el clima de polarización política e incertidumbre económica que atraviesa Norteamérica, así como el temor de los mandatarios a enfrentar rechiflas desde las tribunas.


El fútbol como negocio: la polémica por los precios


La polémica por el alto costo de los boletos llevó a los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey a investigar a la FIFA. Según The New York Times, algunas entradas para partidos de la fase de grupos en Estados Unidos pasaron de 60 a más de 600 dólares, mientras que boletos para la final alcanzaron cerca de 12.000 dólares, convirtiendo al Mundial en uno de los espectáculos más costosos de la historia.


Con Gianni Infantino al frente, la FIFA consolidó un modelo en el que el fútbol dejó de ser solo un deporte para convertirse en un negocio global multimillonario. Los elevados precios de las entradas, los sectores exclusivos para patrocinadores y clientes VIP y la creciente mercantilización del espectáculo terminaron por expulsar de los estadios a buena parte de los hinchas que durante décadas les dieron identidad a las tribunas.


Esta transformación fue analizada décadas atrás por el sociólogo Jean-Marie Brohm, quien sostuvo que el fútbol constituye una superestructura político-ideológica del capitalismo avanzado que opera bajo la lógica de una corporación multinacional. En ese esquema, los jugadores son la materia prima de una industria que comercializa sus imágenes y convierte el espectáculo en un producto de consumo masivo. Pocas veces esa mercantilización —o, en términos de Brohm, el fetichismo del fútbol— había quedado tan expuesta como en este Mundial.


El fútbol, antes de convertirse en negocio global, ya había demostrado su utilidad como herramienta política. Gracias a su enorme capacidad de convocatoria e influencia social, distintas Copas del Mundo fueron utilizadas por gobiernos autoritarios como herramientas de propaganda y legitimación internacional.


La Copa del Mundo como herramienta política: antecedentes


El primer caso emblemático fue Italia 1934, cuando el régimen de Benito Mussolini convirtió el Mundial en una vitrina del fascismo. Décadas después, Argentina 1978 quedó asociado al intento de la dictadura de Jorge Videla de mejorar su imagen internacional mientras crecían las denuncias por violaciones a los derechos humanos. Rusia 2018 sirvió al gobierno de Vladimir Putin para proyectar una imagen de estabilidad y modernidad pese a la condena internacional por la anexión de Crimea.


Cuatro años después, Qatar 2022 también fue interpretado como una estrategia de proyección internacional: diversas organizaciones de derechos humanos denunciaron que el emirato utilizó el torneo para contrarrestar las críticas por las condiciones laborales de los trabajadores migrantes y las restricciones a las libertades civiles.

La evolución tecnológica también modificó el alcance del espectáculo. Inglaterra 1966 fue el primer Mundial transmitido vía satélite a gran parte del planeta, mientras que México 1970 inauguró la difusión global por televisión en color, consolidando al torneo como un fenómeno mediático mundial.


El Mundial de 2026 representa un cambio de época. Aunque continúa siendo el mayor espectáculo deportivo del planeta, ya no solo refleja disputas políticas entre Estados, sino también las lógicas del capitalismo global: funciona como un gran escaparate del mercado mundial en una era marcada por la fragmentación de las audiencias, el predominio de las redes sociales y la competencia permanente entre plataformas de entretenimiento.


Más que una competencia deportiva, el torneo aparece como un espejo de los problemas sociopolíticos y económicos que atraviesan Estados Unidos, México y Canadá. "Un Mundial histórico que arranca en una Norteamérica dividida", escribió James Wagner, corresponsal de The New York Times.


La Copa del Mundo más grande de la historia también podría ser una de las más complejas. Nunca antes un Mundial había reunido tantos equipos, tantas sedes y, al mismo tiempo, tantos desafíos políticos, sociales y climáticos. El fútbol vuelve a ocupar el centro de la escena mundial. Pero más allá de lo que ocurra dentro de la cancha, esta Copa también será observada por todo lo que sucede fuera de ella.

 
 
 

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