Minutos de demora, siglos de opresión
- El Ancla, en Centro de Medios

- 11 mar
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Frente a quienes cuestionan “cortar las calles”. El 8M no incomoda por el tránsito interrumpido, incomoda porque expone una desigualdad estructural persistente.
Según datos extraídos del INDEC, los varones presentan tasas de empleo más altas
que las mujeres en todos los grupos de edad. En 2025, Argentina presentó
una tasa de empleo donde el 65% es ocupada por varones, y sólo un 47% ocupada por
mujeres. De esta forma, incluso si se observa solo la brecha laboral, a las mujeres se les presenta una realidad donde nuevamente sus derechos tienen que ser revalorizados frente a un discurso que los cuestiona.
Conmemorar el 8 de marzo permite afirmar una desigualdad global e histórica.
Ya que, desde las obreras pioneras reconocidas por la ONU que dieron inicio a la libertad femenina, hasta activistas contemporáneas como Malala Yousafzai que luchan contra grupos misóginos extremos, todas
se presentan como altavoces frente a una realidad compartida: hoy en día las mujeres todavía enfrentan barreras estructurales para ejercer sus derechos como ciudadanas.
En un sistema desigual, se presenta en Argentina un cuestionamiento en la modalidad de las movilizaciones. De forma despectiva, tildan de “zurdos” y
“planeros” a cualquier ciudadano que se mueva en las marchas.
Aunque los pronombres sólo signifiquen una lucha interna y se empleen con el propósito de “sensibilizar” a los movilizantes, mucha gente afín a ello afirma que las calles no se deben cortar, pese a los reclamos. Se afirma que la movilización impide el correcto funcionamiento de la rutina cotidiana. Sin embargo, evitar el despliegue de marchas por la lucha de casos sociales es omitir un derecho democrático.
Por lo que, si movilizarse para cuestionar la brecha de género es interrumpir la rutina cotidiana,
entonces sí, marchar es interrumpir la labor y el bien común. Porque marchar
interrumpe un sistema que potencia la desigualdad laboral; interrumpe la comodidad de quienes nunca tuvieron que justificar su lugar en el
trabajo; molesta a un sistema que naturaliza la exposición sensacionalista de los medios; incomoda a quienes nunca sintieron miedo al caminar por la calle; y perjudica a un sistema que jerarquiza a la autonomía femenina.

Cada calle que se corta es una lucha interna que se visibiliza. Cada desvío en la ruta es un recordatorio de que mientras una mujer enfrente un sistema patriarcal, la “normalidad” no puede continuar.
Así que sí. La marcha del 8 de marzo corta calles porque la sociedad le quita la vida, y para que la igualdad no sea consigna sino realidad cotidiana.
Tal vez la pregunta no debería ser por qué se cortan las calles, sino por qué todavía existen las desigualdades que hacen necesaria la marcha.
Escrito por: Cande Caballero




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