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Bronca y deuda

La bronca es nuestra fuerza, la justicia nuestra deuda


Camila Merlo fue encontrada asesinada y descuartizada en Córdoba. Tenía 26 años. Era madre. Era trabajadora sexual. Era joven. Era vecina. Su nombre no puede quedar reducido a un dato policial ni a etiquetas que la encasillen. Su vida merece ser narrada con dignidad y su muerte exige justicia.



El asesino todavía no está detenido. El asesino todavía no tiene rostro público. El asesino todavía se esconde detrás de la burocracia judicial. Esa invisibilidad también es violencia. Porque cuando se borra al agresor, cuando se lo convierte en sombra, lo que se está haciendo es desplazar la responsabilidad hacia la víctima.


Camila no murió por ser trabajadora sexual. No murió por ser madre. Murió porque un tipo decidió matarla. Murió porque alguien se sintió con derecho a disponer de su vida. Murió porque el sistema que debería protegerla falló. Y ese sistema falla siempre en contra de nosotras.


No es un caso aislado. Es un patrón. En Córdoba, en Salta, en Buenos Aires. En cada rincón del país, los femicidios se acumulan como cifras en informes que nadie quiere leer. Y cuando una familia logra sostener la denuncia, cuando logra presentar pruebas, cuando logra que el caso no se archive, la Justicia decide mirar para otro lado.


La familia de Camila reclama justicia. Sus amigas marchan. Sus compañeras denuncian. Y mientras tanto, el Estado se borra. No hay políticas públicas que protejan a las trabajadoras sexuales. No hay presupuesto suficiente para acompañar a las víctimas. No hay voluntad política para reformar un sistema judicial que sigue fallando. Y cuando falla, no lo hace al azar. Falla siempre en contra de las mujeres.


Seguimos, hermanas, seguimos luchando. Estamos en las calles, en las marchas, en las rondas de los barrios, poniendo el cuerpo donde la política se borra. Somos las que ponemos el hombro, las que gritamos, las que acompañamos a las familias. Pero no alcanza. No puede ser que siempre recaiga en nosotras la tarea de exigir lo obvio: que la vida de una mujer valga.


Camila tenía 26 años. Sus restos fueron encontrados en bolsas de consorcio, tirados como si fueran basura. Su asesino sigue libre. ¿Qué más hace falta? ¿Qué más tiene que pasar para que la Justicia deje de mirar para otro lado?

¿Cuántas pruebas hacen falta para que un femicida no se vaya caminando por la puerta del tribunal?


El asesinato de Camila no fue un error técnico. Fue una decisión política. Porque cuando un sistema desestima pruebas, ignora el contexto de violencia, relativiza el vínculo, y deja libre al asesino, lo que está haciendo es enviar un mensaje. Que la vida de Camila no vale. Que la palabra de su familia no vale. Que el miedo de todas nosotras no vale.


Esto tiene que dejar de ser la normalidad. Queremos justicia. Queremos que la bronca se vuelva ley. Que la memoria se vuelva condena. Que la rabia se vuelva política.


Vamos a gritar más fuerte. Vamos a marchar aún más y juntas. Vamos a escribir, a denunciar, a incomodar. Vamos a hacer que tiemblen los despachos donde se firma la impunidad. Porque no estamos solas. Porque no estamos quietas. Porque si el Estado se borra, nosotras aparecemos. Y no vamos a parar hasta que la justicia sea nuestra también.


Escrito por: Mía Zarra

 
 
 

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Conducción x Arcilla 

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