Historias que Construyen Memoria
- El Ancla, en Centro de Medios

- hace 4 días
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A 50 años del último golpe civico - militar, desde el Ancla te traemos un reservorio de historias que recontruyen la Memoria de nuestro país.
Porque la Memoria se ejercita; seguimos contando y recuperando aquellos relatos para que permanezcan en nuestra sociedad; porque reconstruyen nuestra historia y el modo en el que operó el Terrorismo de Estado. Hoy más que nunca gritamos ¡Nunca más!
Fotógrafa: Matilde Vissani. Durante la Marcha del 24 de marzo.
En todas partes y de ningún lugar
Cuando era niño, que yo hubiera nacido en Córdoba y mi papá en Buenos Aires se me hacía simplemente raro. Cuando encima me contó que mi tío había nacido en Santiago del Estero y durante su infancia habían vivido en Orán, Salta, tenía la sensación de que mi familia era de toda la Argentina, pero al mismo tiempo no eran de ningún lado; sin conocidos ni amigos de años, sin arraigos.
Cuando crecí le pregunté a mi papá y a mi tío el porqué de tantos giros a lo largo del país.
Mis abuelos eran militantes, pertenecian a una de las organizaciones peronistas que existían en la segunda mitad de la década de los 70's. Ellos vivian con mi tía abuela en Villa Adelina, Provincia de Buenos Aires. Mi abuela en esa época ya era maestra, mi abuelo trabajaba en la ya extinta fábrica de cerámicos "Lozadur".
Una noche del 77', los militares fueron a buscarlos a su casa. Era la segunda vez en menos de 6 meses que iban a ese domicilio para buscar a mis abuelos. La primera había sido una "visita de advertencia" donde, al no encontrarlos, decidieron "retener" algunas cosas de mi tía abuela (se las robaron).
La segunda vez fueron a buscarlos como parte del macabro plan de la dictadura militar argentina. Todos sabían que quienes se iban ya no volvían... Ellos, de nuevo, capaz prevenidos por los tiempos que corrían, no estaban en el domicilio, pero si se encontraban mi tia abuela y mi bisabuela.
Los militares decidieron entonces separarlas en dos habitaciones e interrogarlas, con el objetivo de luego cruzar los dichos de ambas y sacar información. Si las historias no coincidian su triste destino era imaginable. Imaginable porque las atrosidades de la dictadura se exparcian como un secreto a voces.
Mi bisabuela, a quien no conocí, cuentan que era bicha como pocas, cuando el milico de turno la intentó interrogar empezó a simular un ataque, no se sabe si al corazón o si a que, lo que si se sabe es que asustó al interrogador, quien decidió dejar a "la señora porque se sentía mal". Ella, en el fondo, más tranquila ya que no iban a poder sacarle ninguna información.
Con la misma intempestad que llegaron, los uniformados se escabulleron entre las sombras y la oscuridad de la madrugada, como habitualmente operaban.
Al enterarse, mis abuelos decidieron huir a Santiago del Estero, donde nació mi tío. Allí pasaron la mitad de la dictadura, la otra mitad, como dije antes, la pasaron en Oran. Luego en 1990 se mudaron todos a Córdoba porque mi abuelo enfermó y ahí se formó esta rama de la familia que es cordobesa.
Al día de hoy recordamos sus historias como proesas heroicas, acompañadas de alguna carcajada que con los años el alivio nos permitió soltar, "¡que ocurrente la vieja!". Anécdotas que guardan la espesura y el amargor de una vida en desarraigo, la historia de mi familia y la Memoria de nuestro país.
La tierra guardó pero la Memoria sigue diciendo
En el año 1973 Abraham, el hermano menor de mi abuelo, decide viajar a Cordoba Capital para estudiar comunicación en la Escuela de Ciencias de la Información. Durante 3 años no solo estudió sino que encontró su vocación a raíz del movimiento de Sacerdotes Para el Tercer Mundo, llegando a compartir con Enrique Angelelli.
En 1976 se ve obligado como la mayoría de sus compañeros a dejar la carrera a causa de la persecución que venían sufriendo desde inicios de los 70s y que aumenta con la llegada de la dictadura cívico-militar.
Vuelve al campo para poder despedirse de su madre pensando que sería la última vez que ella vería a su hijo y le pide a sus hermanos que escondan en la tierra todos los libros que den señales de un pensamiento revolucionario. A 50 años del golpe seguimos sin encontrar esos libros pero Abraham los recita de memoria.
Yo no entendía nada. Ella sí
Una tarde de Marzo de 1978, mi mamá me pidió que la acompañara a la carnicería. Salimos de casa, cruzamos la calle y caminamos unos cincuenta metros hasta lo de Tito, que como siempre estaba lleno. La cola llegaba hasta la vereda.
Nos tocó esperar frente a la casa de unos vecinos nuevos. En el porche, un rubiecito de no más de siete años —igual que yo— jugaba con autitos.
Le pregunté a mi mamá si podía ir a jugar con él. Ella se acercó, habló con una viejita muy amable, y me dejó quedarme.
Ese día conocí a David.
Después de la escuela nos pasábamos las tardes en ese porche inolvidable. No era como cualquier otro: estaba vidriado. Podíamos ver la calle y, si llovía, no nos mojábamos. Era un lujo.
Jugábamos carreras de autitos, batallas con soldaditos, armábamos casas con los Rasti o intercambiábamos figuritas. Mientras tanto, la Zeze —la abuela de David— nos preparaba chocolatada con galletas.
Don Quiroga, el abuelo, era un militar retirado. Un hombre recto, de buen corazón, que a veces nos contaba historias de su juventud.
Una siesta fría de abril, mientras jugábamos en el porche, un jeep militar se detuvo en la puerta.
Estaba lleno de soldados vestidos de verde, igual que los nuestros.
Uno de ellos se acercó, nos levantó del piso y nos hizo entrar a la casa. En segundos, todo se llenó de uniformes.
Hablaban a los gritos
Don Quiroga intentó detenerlos, pero no pudo. Buscaban a su hijo, el papá de David. Sabían que vivía ahí. Esa tarde no estaba.
El piso de madera crujía bajo las botas.
Nos tiraron boca abajo.
Desde ahí solo veíamos borceguíes y las puntas de los fusiles que iban y venían. Las pisadas retumbaban por toda la casa.
Con David nos mirábamos.
Parecía una película.
No sabíamos si reírnos.
Los soldados gritaban de una habitación a otra mientras daban vuelta todo. No sé qué buscaban.
Habrán sido quince minutos. Para mí, pocos. Para los abuelos, eternos.
Después, se fueron.
La casa quedó patas para arriba.
La Zeze lloraba. Don Quiroga intentaba calmarla. Nosotros mirábamos todo en silencio.
Don Quiroga me tomó de la mano y me llevó afuera.
A unos cincuenta metros estaba mi mamá, detrás de una especie de barricada de jeeps y soldados que mantenía a los vecinos lejos.
Caminé unos pasos con él, me solté y corrí.
La barricada ya se desarmaba.
Mi mamá lloraba.
Nos abrazamos. Me besaba, me apretaba, me miraba y volvía a abrazarme.
Yo no entendía nada. Ella entendía todo.
Era una época en la que, si los militares entraban así a una casa. Alguien podía desaparecer.
Todos podíamos desaparecer. Incluso los niños.
Quizá porque Don Quiroga había sido militar.
Quizá porque encontraron dos viejos y dos chicos.
Quizá porque ese día no me tocaba.
Aquella tarde de abril, con siete años, volví a los brazos de mi mamá. Pero fueron 30400 los que no volvieron.
A 50 años del golpe ¡NUNCA MÁS!
Reservorio de Memorias













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