Chama, la memoria vive. Crónica sobre la vida y legado de Alberto Rodríguez
- El Ancla, en Centro de Medios

- hace 4 días
- 3 Min. de lectura

Alberto Rodríguez o “Chama” para los amigos. Oriundo de Villa María trabajaba en la compañía Unión Eléctrica como contador para la Mutual del Sindicato Luz y Fuerza. Había creado un visionario Departamento de Estadística que permitía el acceso a prestaciones de salud a cientos de trabajadores. Era un remarcable compañero y excelente profesional. O así lo recuerdan. En sus tiempos en la Universidad Pública, fue un activo militante para la Juventud Peronista. Se mantuvo siempre alejado del caos y la violencia. Creía en el poder del diálogo y el trabajo colectivo. Su sabiduría era la única arma que necesitaba.
Pero su inocencia no le fue suficiente durante ese 24 de marzo de 1976, cuando un grupo de militares armados allanaron el edificio de Deán Funes 672. Las malas lenguas dicen que, otros perejiles, lo entregaron para salvarse el pellejo. Otros dicen que fue un injusto infortunio aleatorio. Se lo llevaron, sin nada que poder decir o preguntar, ni siquiera protestar, junto a otro compañero: Omar “Chango” Silva.
Los llevaron a la seccional 3 de policía, luego fueron trasladados al Campo de la Ribera, y por último a la Penitenciaría de barrio San Martín.
No se sabe mucho, solo que fueron 5 meses. Tiempo en el que Lela, la madre de Chama, no paró de buscarlo y preguntar por él sin recibir respuesta alguna. Cuando lo encontró, Chama se reservó comentario alguno, su silencio fue más que suficiente. Era reservado. Y en esas circunstancias, el que calla otorga.
Lo que sí sabemos es que nunca más pudo escuchar a Palito Ortega, se dice que era porque no lograba acallar los gritos de los compañeros en celdas aledañas. Nunca más pudo ver películas de guerra, ni acción, ni violencia. Nunca más volvió a hablar del tema y cuando sus hijas le preguntaban “¿Dónde estabas?” Él contestaba que en Europa. Nunca más quiso afrontar el terror. En fin, nunca más…
Pero si se conocería, que dentro de su celda, enseñó a rezar. Sin ser religioso, tal vez pensaba que así podría salvar las almas de quienes no serían tan afortunados como él. Aunque sea dándoles ese pedacito de cielo y palabras de aliento, los sacó por un instante de ese infierno.
No conocí a mi abuelo. Chama es una de esas leyendas familiares que se encuentran entre los retratos de la abuela y los relatos de mamá antes de dormir. Tiene un pedestal reservado en el corazón de cada uno de nosotros. Por ser gran padre, por ser gran amigo, gran esposo, gran trabajador, gran hijo, gran humano. Y para mí, no solo gran abuelo, si no también gran admiración. Porque era fiel a sus convicciones que lo llevaban a imaginar un país mejor. Una patria grande. De pueblo libre y soberano. De obreros honrados y valorados. De mujeres independientes y poderosas. De justicia y verdad.
Después de mucho tiempo, por la familia que le tocó sostener y proteger, fue abandonando su apacible militancia y cerró la puerta de ese pasado tan oscuro. Prefirió olvidar. Ya no quería angustiarse más. Como otro acto de amor y humildad.
Delegó su pasión por la política y la construcción de una sociedad mejor a su hija. Quien se la pasó a su hijo, es decir a mi. Tal vez no conocí a Chama, pero me llena de orgullo cada vez que lo pienso, como si en sus ideales, que hoy me toca defender, lo encontrara vivo y nos acercará algo más fuerte que el miedo o la pena: por siempre, la memoria.
Una nota escrita por Joaquín Cordeiro.





Comentarios