Caminar el orgullo
- El Ancla, en Centro de Medios

- 18 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Una crónica desde el calor, el brillo y las voces que llenaron Córdoba el 15 de noviembre, en la antesala de un nuevo encuentro dedicado a las infancias trans
A la marcha del sábado llego como quien regresa a una casa que no terminó de conocer: el aire es caliente y Av. Vélez Sarsfield vibra como si se tratara de un pecho gigante respirando hondo por primera vez después de mucho tiempo. Las sombras de los árboles se estiran sobre el asfalto como si también quisieran sumarse. Camino despacio, mezclándome entre gente con banderas que flamean con idioma propio, uno que siempre existió pero que intentaron silenciar muchas veces.

A mi derecha, una chica envuelta en una bandera trans sostiene un cartel hecho con fibrón: “No nos van a borrar”. Más adelante, un grupo de pibes agitan un protector solar. Un señor con un pantalón lleno de pintura blanca pasa entre medio de la vereda esquivando a las personas; en su mano lleva un celular grabando y murmura algo que no alcanzo a escuchar. Hay algo en el orgullo que incomoda, y está bien. Porque esto no nació como una fiesta, sino como respuesta. Como una chispa en un lugar que supo ser pura sombra.
Mientras avanzo entre los camiones pienso en eso: orgullo. No es soberbia ni tampoco una alegría ignorante. Es la afirmación visceral de existir en un país que, una y otra vez, intenta hacernos dudar de ese derecho básico: ser, estar y caminar sin esconder unas manos enlazadas detrás de la espalda.

Las columnas de humo de los chori se mezclan con perfume floral y calor humano. A mi alrededor la gente baila, cantan, saltan y se abrazan. Dos chicas se besan apoyadas en un poste de luz. Pienso en que la calle siempre es un espacio de disputa, y hoy la comunidad la ocupa como si pudiera clavar una bandera en un territorio del que nunca se tendría que haber ido.
El contexto late bajo mis pies. En Argentina, según datos del Ministerio de Salud, el 40% de los nuevos diagnósticos de VIH corresponden a jóvenes entre 15 y 29 años, un rango etario donde gran parte de la comunidad LGBTI+ se ve representada. A eso se suman los recortes recientes en políticas de prevención, programas de testeo, campañas de acceso a medicación y dispositivos comunitarios. Lo que se desfinancia no es un número en un Excel: son vidas, cuidados y cuerpos. Políticas que no son un lujo sino una obligación, un acto mínimo de reparación histórica.

Entre el río de personas veo familias enteras marchando. Un señor canoso y alto tiene una remera que dice abuelo orgulloso de su nieto trans y un poco me emociono. Una madre joven le acomoda la pollera a su hija, que agita una bandera arcoíris más grande que ella. Una pareja de varones mayores va del brazo, caminando lento, como quien sabe que llegar hasta acá les costó décadas.
Entonces me acuerdo que ayer lunes 17 de noviembre se realizó el Segundo Congreso de Infancias Trans en Córdoba, organizado por asociaciones civiles, especialistas en salud y familias que desde hace años sostienen redes de acompañamiento y espacios seguros. Mientras en algunos discursos públicos se insiste en negar su existencia, en el congreso se afirma lo contrario: las infancias trans existen, crecen, hablan y merecen políticas que las cuiden, no que las borren. Eso incomoda como todo lo que no se puede controlar, lo que no encaja en los cánones de lo “normal”, esa palabra que tantas veces funcionó como arma. Pienso en ese abuelo orgulloso como un acto tan sencillo y sincero que puede cambiar la vida de una persona.

La marcha avanza y yo con ella, a pesar del cansancio en mis pies y el aire caliente en mis pulmones. Los camiones siguen vibrando con reggaetón, pop, consignas políticas y risas que suben como espuma. Siento que camino por quienes aún no se animan a venir. Por quienes se fueron demasiado pronto. Por quienes vendrán. Por las infancias que hoy se reúnen a pensar un futuro donde no tengan que explicar quiénes son con miedo ni angustia.
Camino, quizás, porque tengo memoria. Porque amo fuerte. Porque reclamar derechos nunca me pareció una amenaza, sino una responsabilidad. Porque incomodamos. Y porque, aunque quieran convencernos de lo contrario, al menos esta noche la calle es nuestra.
Escrito por: Morena Caballero





Comentarios