Cantar para incomodar al poder
- El Ancla, en Centro de Medios

- 8 mar
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 14 mar
Lo que hoy incomoda no es nuevo. Cada vez que un artista opina de política, vuelve la misma discusión: ¿Por qué no se dedican solo a cantar?
La realidad es que en Argentina la música nunca fue solo música.
De Mercedes Sosa a Lali, la denuncia política a través del arte siempre estuvo vigente.

Desde las metáforas utilizadas durante la dictadura hasta las polémicas en redes sociales
de la actualidad, la música fue un lugar de resistencia política. No solo como una expresión
cultural, sino como herramienta de denuncia y construcción de conciencia colectiva. Una
canción es capaz de instalar una idea en pocos minutos, atravesar generaciones y resumir el malestar social mejor que cualquier discurso político. Esa capacidad de síntesis y la llegada masiva es lo que convierte a la música en un espacio de disputa simbólica.
Durante la última dictadura militar, donde decir era peligroso, Charly García lanzaba “Dinosaurios”, nombrando y denunciando las desapariciones del golpe.

La ironía de Los Twist con “Pensé que se trataba de cieguitos”, disfrazando la representación con ritmo y baile.
En este contexto podemos hablar de las metáforas por fuera del lado poético, no solo como un recurso artístico, sino como una forma de sobrevivir a la censura del momento: el público
entendía lo que no se podía decir de forma directa. La música funcionaba como un lenguaje
para quien pudiera leer entre cada línea.
Con la vuelta de la democracia, la música cambió, dejó de ser codificada, sus letras se volvieron más filosas y ya no hacía falta esconder el enojo.
La incomodidad crece; la vemos con “Sr. Cobranza”
, de Las Manos de Filippi, que fue censurada en radios y hasta el día de hoy molesta. Cuando la canción apunta, el poder se
disgusta.
Y sin ir tan lejos, la escena cambia con Wos y su canción “Canguro”: “Se creen dueños,
salgan del medio, lo digo en serio”. La frase viaja, viaja rápidamente por celulares, redes sociales, auriculares. Ya ni hace falta esconder el mensaje, ahora la disputa es en tiempo real.
La persecución que sufren los artistas que se expresan es masiva. Desde los medios de
comunicación hasta las redes sociales, el odio y la repulsión que se ven no son por nada nuevo: es lo que se viene haciendo desde hace décadas y que hasta el día de hoy no cambia y cambiará. La pregunta que reaparece —¿por qué no solo se dedican a cantar?— parte de una idea equivocada: que la música debe ser neutral, cuando en realidad la neutralidad también es una postura.

A fin de cuentas, lo que molesta no es que haya política en las canciones, sino qué se dice
y a quién interpela. Y como toda expresión cultural, la música se mueve por el contexto
social y político en el que se encuentre. En definitiva, cuando la música interpela, la historia se rebela.
Escrito por Olivia Ruano






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