¿Para qué necesito un pañuelo blanco? Crónica sobre la marcha del 24 de marzo
- El Ancla, en Centro de Medios

- hace 4 días
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El sol vespertino azota la vista y los edificios. Noto a lo lejos unas banderas mecerse, personas vestidas de blanco junto a un incipiente ruido de
trompetas. Me atrae y empiezo a caminar más rápido. Al entrar en aquella calle cargada de rojos y blancos, me encuentro con rostros desconocidos, conocidos y algunos que quisiera conocer.
El sol desciende sobre la fachada de los edificios y decae en los rostros de las personas que marchan. Mientras pienso en el calor que tengo, una chica
se me acerca y me da un pañuelo blanco. Sin entender del todo, lo acepto y le agradezco pero… ¿para qué necesito un pañuelo blanco? Mirándola a ella vi que lo traía en su cabeza. Pues claro; el calor la molestaba, supuse, y lo acepté.
Entonces ahora marcho, marcho y observo: músicos que tocan con una emoción sentimental, mientras algunas mujeres danzan y cantan. Cantan despacio, si cierro los ojos, escuchando su suave canto, vuelo a aquella fecha. En ese momento mi cuerpo empieza a danzar con ellas.
También noté muchas cámaras por todos lados, parecía que nadie se quería quedar sin recuerdos de ese momento. Aunque para mí, la verdadera imagen cobra sentido al verla en el presente, pudiendo sentir lo que está sucediendo.
“A mi abuelo se lo llevaron” dijo un conocido que caminaba a mi lado, “estuvo 6 meses preso, él sobrevivió y volvió, pero muchos de los que están acá, están por aquellos que no volvieron”. Me quedé mirándolo, comprendiéndolo. Solo pensaba que no hacía falta ir a ningún lado para buscar la historia. La historia marcha conmigo a mi alrededor.
En la marcha me cruzo con una de mis profesoras, ella se alegra al verme y entre abrazos me dice que le daba mucho orgullo que estuviera ahí. Sus
palabras me emocionaron, ya empezaba a comprender aún más lo que significaba recorrer estas calles.
En un momento todos se pararon, era casi imposible cruzar, intentaba por todos lados hasta que me detuve. Me dediqué un rato solo a escuchar: Ignacio ... .Mi nombre es…. Fui secuestrado el 19 de agosto 1976…..soy
médico…..soy docente ... .Soy Graciela….
Más de 15 nombres recorren mis oídos, nombres que le pertenecían a personas, personas que tenían una identidad, esa identidad que les fue
arrebatada, esos nombres que perdieron su persona. Fueron secuestradas, asesinadas y desaparecidas. Ya comprendía la importancia de llevar ese pañuelo, la importancia de unirme a la lucha.
Me detuve en Plaza España, me dolían las piernas, estaba un poco desorientada y no tenía certeza de hacia dónde ir. Detengo mi mirada en dos
señoras que cantaban. Mi mirada se posó sobre los carteles que colgaban de sus cuellos de dos rostros masculinos en blanco y negro con sus nombres escritos por debajo de la foto.
Me acerqué por curiosidad, tenía el deseo de saber quienes eran aquellos hombres y quienes eran aquellas mujeres que los llevaban: “Yo soy Raquel Sosa y mi esposo es Raul Horacio Trigo, fue secuestrado el 23 de junio del 76”.
“Yo soy Dora Ruc y mi marido es Rubén Goldman. Estamos aquí, en esta marcha, a 50 años del golpe, porque nuestros respectivos esposos fueron secuestrados, desaparecidos y asesinados, en el Centro Clandestino la Perla”. Me quedé callada. No sabía qué podía responderle a las mujeres.
Pero nos despedimos, caminé sobre la misma plaza España y me quedé observando una foto que estaba colgada en un edificio.”¿Quién será ella?” dije en voz alta sin pensarlo. “Es Nora Cortinas” me respondió una mujer alta que pasaba justo a mi lado. Agregué distraída que no lo sabía, pero que menos mal que estaba ahí para aprenderlo, a lo que ella, con una sonrisa, me
dijo: “muy bien, te felicito, de eso se trata”...
Esa tarde conocí más sobre nuestra historia, aprendí que cada uno marcha por sus heridas que aún no han podido sanar. Escuché testimonios que
sostienen la convicción de seguir luchando por la memoria, la verdad y la justicia, por los nombres de esos rostros que conocemos, los que desconocemos y los que conocimos hoy.

Una nota escrita por Camila Respini.





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