Crónica sobre un revolucionario y su fusil en Córdoba
- El Ancla, en Centro de Medios

- 30 ago 2025
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 31 ago 2025

Te quiero, Santiago Motorizado, porque estás teñido de rubio como el Diego (igual que yo, solo que con una diferencia de años, ya que yo tengo su franja rubia del 95 y vos el decolorado completo de los años 2000); porque buscás la verdad; y porque, cuando tocaste el tesoro, vos solo, en el escenario a la luz de unos pocos focos claros, tuve que apagar la cámara y limpiarme las lágrimas.
Esto es una crónica sobre el show de Santiago Motorizado en Club Paraguay, del sábado 23 de agosto, en el marco de su gira mundial, donde presenta su último/primer disco, dado que, según Santi, ni la música de Okupas ni las canciones que le filtraron valen como primer disco.
Como todo periodista que se precie de su oficio, me enteré que iba a cubrir a Santiago el viernes anterior al sábado en cuestión, sumado a que ese mismo viernes cumplí 12 horas en otro trabajo (como todo periodista que se precie de su oficio).
En la mañana del sábado me dediqué a escuchar el disco El Retorno, el cual no terminaba de comprender, dado que me sonaba distante, distinto a lo que estaba acostumbrado de sus discos en Él Mató. Además de preparar la cámara, hablé con Joaquín Speranza [¡Hola! Soy Joaco, editor], que fuera mi compañero de prensa para la jornada, y escuché sus entrevistas en Gelatina [donde se habló, por ejemplo, de la referencia a Maradona y Villafañe en el video de su canción La Revolución] y en Filo News.
En dichas entrevistas me encontré con un Santiago profundamente humano, cálido, hablando con fascinación sobre el cine y sus amigos directores. Había un detalle que me pareció increíble: Santiago Motorizado, un artista de talla mundial, al responder una pregunta por parte de sus entrevistadores, quizás retraía lo que decía y lo formulaba de nuevo, o hasta incluso se animaba a mostrarse arrepentido de haber dicho tal o cual cosa con cierta gracia o timidez. Ante todo, a Santiago se lo percibe auténtico.
—¡Uli, vení un segundo!
Estaba lavando los platos cuando mi viejo me llamó desde el taller.
—¿Sabías que Santiago es de La Plata? ¡Como muchos otros músicos que escuchás! Quizás en tu crónica podrías poner algo sobre la ciudad de las diagonales y relacionarlo con su música.
No estaba mal la idea, pero no supe ejecutarla. Por suerte, mi viejo no solo sabe del lugar de procedencia de los artistas.
—Escuchá, papá, voy a tener que grabar videos además de sacar fotos para esta cobertura. ¿Me enseñás?
—Vos tenés que hacer tomas fijas de 5 a 10 segundos y dejar que suceda lo que tenga que suceder…
(Me había explicado muchas más cosas, pero yo me acuerdo de eso y nada más).
A las 19 horas llegué. Joaco estaba un poco antes. Nos saludamos.
—¿Qué hacés haciendo fila, rey? Si nosotros somos prensa.
—Me dijeron que la prensa hace fila igual.
—Imposible, la última vez que vine acá no hicimos fila.
Nos salimos de la fila y nos acercamos a uno de los tantos muchachos de seguridad. Yo me había colgado la cámara al cuello para que mi pecho y mi vestimenta negra hablaran antes que yo.
—¡Buenas tardes! ¿Cómo te va? Nosotros somos de prensa. ¿Hace falta que hagamos la fila? Tengo entendido que la prensa tiene que hablar con la mujer de esa ventanilla.
Le señalé la boletería donde se encontraba la mujer en cuestión.
—Sí, claro, la prensa está por ahí, pero cada evento se organiza distinto, y en este hacen la fila como todos.
—Dale, viejo, muchas gracias. Esperaremos entonces.
Al segurata le mentí. El plan era esperar a que saquen las cadenitas y la gente comience a entrar, cosa que, apenas la mujer de chaleco naranja nos mirara, le habláramos y nos hiciera pasar a la boletería de prensa. [La viveza de Uli pronto nos sería provechosa.]
Durante ese tiempo muerto decidimos no grabar, debido a la ausencia de luz, dado que ya estaba oscureciendo. Por lo que, con Joaco, tuvimos una charla que solo podrían tener dos estudiantes de comunicación, que escuchan rock indie y cubren eventos culturales.
A eso de las 19:32, el plan había salido a la perfección, luego de que las puertas se abrieran a las 19:30.
—Hola, ¿cómo estás? Somos de prensa, ¿pasamos?
—Sí, sí, chicos. Miren, es por ahí.
Así nos dijo la mujer de chaleco naranja, señalando a la mencionada mujer de la boletería.
Luego de acreditarse, entramos. Con Joaco debatimos nuestra ruta a seguir. La gente ingresaba de a poco, con cierta paz en sus cuerpos. Sonaba en los parlantes jazz de Dean Martin (dato atribuible a Joaco y su inmenso conocimiento musical) [¡Gracias!].
Sobre el público caían luces rojas que les tonalizaban la piel, pero que no iluminaban lo suficiente como para fotografiarlos (lo sé, porque lo intenté).
—Escuchá, Joaco, una periodista muy crack y muy vieja, que se llama María Rosa Beltramo, leyó mi última crónica y me dijo que le encantó, pero que me faltaban datos, así que nos vamos a hartar de juntar datos. (Si leés esto, te quiero mucho, María). Vamos a entrevistar a las personas para ver quiénes son los que vienen a escuchar a Santi. Usemos tus preguntas, ¿me las recordás?
Joaco sacó su celu, abrió nuestro chat y leyó:
—Canción favorita, opinión del proyecto solista, otra banda que escuches.
Nos separamos y cada uno trataba de entrevistar a distintas personas. Aunque, a veces, nos chocábamos con una ya entrevistada por el otro.
—Hola, ¿cómo estás? Soy Ulises, periodista de la Facultad de Comunicación, y quería hacerte unas preguntas. ¿Me permitís grabar en audio tu respuesta?
Daniela, de 53 años, y Javier, de 52, la pareja, lo escuchaba hace 7 años. Lo conocen desde Él Mató y lo vieron en Tecnópolis. El hombre era la primera vez que iba a escuchar El Retorno; a la mujer le pareció “un poco menos punchi que Él Mató”, pero le gustaba igual.
Federico, de 32 años, se quedó con ganas de verlo la última vez que vino a Córdoba. Para Ignacio, de 16, y Gabriela, de 35, El Retorno era un disco mucho más tranqui; sin embargo, no dudaron en ponerlo como su disco favorito del artista.
Hace 7 años o más, Federico (otro Federico, este tiene 28 años) lo fue a ver a Él Mató cuando “no los conocía nadie” y le encantó. Su pareja, Rubí, de 25 años, conoció a Santiago Motorizado gracias a Fede. Dicen que su tema compartido es la versión de “No podrás”, la versión del tema de Cristian Castro [de las Sesiones ¡FA!].
Julia tiene 6 años, no es su primer recital. Me respondía con señas mientras se reía tímidamente y fue acompañada por Leticia y Victoria, de 37 años ambas.
La mayoría lo conoce desde Él Mató, hace muchos años. Por lo general, era la primera vez que lo escuchaban en vivo y, a casi todos, el proyecto solista de Santiago les parecía más tranquilo, pero gustaba más o de igual manera.
A las 20 horas, luego de reunirme con Joaco y haber charlado sobre nuestras entrevistas, salió al escenario Aikida, proyecto con el que se presentaron Aiki y Santiago Canén, frente a una mesa con computadoras y consolas. Por nuestras entrevistas, pudimos esclarecer que casi nadie conocía a Aikida, pero que, en su mayoría, les había parecido interesante la fusión de la música electrónica con letras de música indie, cantadas por una voz femenina cargada de efectos. Las opiniones fueron llamativas, dado que, durante la media hora que duró el show de apertura, las personas se mostraban estáticas, o por lo menos poco atravesadas por la música.
Gabriela, de 37, nos dijo que la telonera se llama “Aiki algo así”, que la sigue en Instagram y que la había escuchado una vez. Cristian, de 25 años, dijo que no la conocía, pero le encantó todo el detalle. El sonido le cautivó mucho. Agustina, de 46, dijo que no escucha electrónica casi nunca, pero que la telonera —la cual no conocía— le gustó mucho. [Cabe mencionar que entre el público logré ver una o dos personas que sí bailaron. Para quienes quieran más detalles: Aikida trabaja con el sello discográfico independiente y cordobés An Der Pop. Su presencia en internet no es muy notoria: escúchenla].
Durante 45 minutos, todo el mundo iba y venía de la barra mientras esperaba a que apareciera Santiago. Los grupos de amigos conversaban sobre su semana o sobre su trabajo; las parejas bailaban abrazadas los lentos de Dean Martin, que sonaban suavemente en los parlantes; un niño que se encontraba pegado a la valla de seguridad hablaba con sus padres y su hermana mayor. Así que me acerqué mientras configuraba la cámara y le pregunté:
—¿Ya te cansaste de esperar, peque?
—¡Sí, obvio! ¡Estoy esperando hace como dos horas!
Los padres se reían. El chico no los veía debido a su estatura y porque se encontraban a sus espaldas.
—¿Qué creés que está haciendo Santiago?
—¡Seguro está viendo TikTok!
A las 21:15 arrancó el show. La gente se percató del hecho, dado que los músicos ya se habían situado en el escenario y estaban levantando sus instrumentos. Cuando arrancaron a tocar, se escuchaba la voz de Santiago, pero no se lo veía en el escenario.
Cuando salió, bajando por las escaleras del costado derecho del escenario (del lado izquierdo si quien les narra fuera el protagonista de esta historia), concluí que toda timidez o rezago del Santiago de la entrevista había sido suprimido en el ensayo, o en el personaje artístico, o simplemente en el contacto de sus borcegos con la madera del escenario. Ese cantante era el Solista, el protagonista de esta historia.
A las 21:18 le gritaron el primer “¡Te amo, Santi!”, y a continuación irá un listado de la hora y el minuto exacto de cada “te amo, Santiago” audible durante los intermedios de cada canción:
21:45hs: otro “¡Te amo, Santi!”
21:54hs: otro “¡Te amo, Santiago!”
22:10hs: otro “¡Te amo, Santiago!” (fueron dos, de hecho: primero uno, y luego el otro)
22:14hs: el último “¡Te amo, Santiago!” registrado.
Mención especial para el hombre que, en un silencio total posterior a los aplausos, gritó: “¡Soy tu gomoso, Santi!”, eufóricamente, a las 22:15, generando toda una ola de risas.
Por medio de este registro podemos contabilizar seis “¡Te amo, Santiago!”, los cuales fueron emitidos tanto por voces femeninas como masculinas. El amor por Santiago Motorizado no conoce de género.
Santiago tocó un total de 25 canciones durante 1 hora y 45 minutos, recorriendo desde sus míticas canciones de Okupas hasta las clásicas de Él Mató y, por obvias razones, el disco El Retorno.

Joaquín me explicó que no se revelan los setlists para mantener la mística y el misterio para aquellos que vayan a verlo próximamente, así que, por este motivo, no la diremos. No obstante, encontrarán algunas pistas en lo que queda de la nota. [Conversando después del concierto, revisamos la lista de la cual llevé apunte. En ese momento entendí: esa primicia no la debíamos dar nosotros, sino el mismo Santi en vivo. “Como una obra de teatro de la que no se habla su final”, le dije a Uli. Apelamos a que lo descubran.]
Te quiero, Santiago, porque buscás la verdad de forma salvaje. Mientras tocabas la luz, te abrazaba. En tus ojos se ven tormentas que atrapan mi lente. Preguntás “¿dónde está el amor?”, como nos preguntamos todos… Y no, no es nada fácil.
Bajo las sombras, tu guitarra se ve distinta. Mientras te escuchaba, deseaba que pudieras ser libre de tu pecho, que es como una jaula. Tengo que pedir perdón porque mis lágrimas brillaron. No quería que nadie me mirara a los ojos, porque los fotógrafos no lloran.
¿Por qué querés sentir temor, Santi? Más allá de las estrellas debe estar la respuesta. Debés estar soñando despierto en el escenario, frente a toda esta gente. Me pregunto si pudiste ver el amanecer, si escapaste del hechizo del tiempo. Es verdad que la luz entra en los ojos de forma diferente cuando llorás.
“Todo el mundo es el gomoso de alguien”, dijiste con una voz de locutor, grave y rasposa, para luego cantarla con tu público. También noté que el barrio se está deteriorando, que la gente grita y los autos pasan, que los tangos suenan desarraigados, pero la juventud los trae nuevos.
Es tan difícil no ser tan fanático de todo, tan difícil no estar enamorado de todo. Aunque el tesoro se esté hundiendo, en esta noche especial el cosmos nos cuida a todos, en especial a aquellos que sí nos importan: los diamantes rotos, los que no ignoramos la belleza de este mundo extraño.
Bajo la luz de una luna gigante, Córdoba recibió a Santiago Motorizado, quien, erróneamente, mi madre nombra “el Gordo Motoneta”. Luego de una experiencia que me alivianó la semana, el mes, la vida, con Joaco comimos panchos y tomamos una lata de Brahma cada uno, como todo periodista que se precie de su oficio.






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