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“Del voto a la abstención: las mujeres frente al desencanto y el retroceso democrático”

En este día conmemorativo del primer sufragio femenino, la democracia argentina se mira en un espejo incómodo: una parte inédita del electorado elige no participar, mientras el gobierno que legitima los retrocesos en materia de género es sostenido también por votos de mujeres. ¿Qué nos dice este nuevo desencanto?

Evita votando por primera y única vez en la cama del hospital que la tenía internada. Ocho meses después falleció.
Evita votando por primera y única vez en la cama del hospital que la tenía internada. Ocho meses después falleció.

El 11 de noviembre de 1951, más del 90% del padrón femenino argentino fue a votar por primera vez. No fue casualidad. No fue un proceso natural. Fue la concreción de una conquista que había llevado décadas de lucha y organización. Lucha por nuestros derechos ante quienes alegaban nuestra supuesta incompetencia para ejercerlos. 

Esa lucha logró muchas cosas: logró el derecho a decidir sobre nuestros representantes y al mismo tiempo, nuestra habilitación para ser elegidas. Por primera vez, éramos ciudadanas como cualquier otro empadronado. Más tarde también se logró la ley de cupo femenino, reemplazada en 2017 por la ley de paridad de género en ámbitos de representación. 

Resulta increíble el hecho de haber peleado tanto para conseguir cosas que parecen tan básicas. Pero en materia de derechos, sabemos que estos,  lamentablemente, no son para siempre.


A setenta y cuatro años del primer logro sufragista femenino, podemos observar las elecciones legislativas del mes pasado: una participación electoral de sólo el 68% y una victoria aplastante en todo el país del partido oficialista La Libertad Avanza, la cual cae como un balde de agua fría para aquellos y aquellas que se encuentran “del otro lado de la grieta”.


La reciente polarización política extrema que divide a la población en “nosotros” y “ellos” se complementa con esta apatía ante el sufragio que viene creciendo desde hace tiempo, que alcanza hoy a una gran cantidad de ciudadanas y ciudadanos y que va más allá del simple desinterés.

El acompañamiento y la adherencia a las políticas de género en algún punto se perdió. El entusiasmo por las conquistas en materia social parece haber desaparecido ante la preocupación por la falta de estabilidad económica.

Como ya pasó muchas veces antes, tenemos que volver a recordar nuestras luchas frente a la posibilidad de perderlas.


En un país donde el número de femicidios va en aumento, los discursos de odio abundan, tanto en los medios como en las redes sociales, y los nuevos espacios digitales que surgen exponencialmente complejizan este ecosistema de medios (y de miedos).

Actualmente, no hay políticas públicas suficientes que enfrenten la violencia de género o la violencia digital. No hay presupuesto suficiente para acompañar a las víctimas. No hay voluntad política para reformar un sistema judicial que sigue fallando en contra de las mujeres. Lo que sí hay desde el propio estado es negación, antifeminismo, desmantelamiento de las políticas públicas diseñadas para prevenir o contener a las víctimas de violencia de género. Argumentan que las mujeres buscamos privilegios. No queremos privilegios, queremos que dejen de matarnos. 


¿Qué representa votar cuando el Estado te abandona y los discursos públicos te culpan?


La administración libertaria ha sido coherente con su desprecio: recortó los fondos para políticas de género, desfinanció las universidades públicas, vetó la ley de financiamiento universitario y suspendió su aplicación, violando la división de poderes. Esta semana, docentes y no docentes de todo el país anunciaron un nuevo paro de 72 horas. En los pasillos universitarios se respira la misma sensación que en las calles: la asfixia planificada.


Mientras tanto, los grupos antiderechos vuelven a ganar visibilidad. Lo vimos en Córdoba, donde el Segundo Congreso Nacional de Niñeces y Juventudes Trans fue hostigado por sectores religiosos y políticos que buscan reinstalar la persecución. La violencia digital, amplificada por redes y medios, se convirtió en una nueva frontera del odio. Organizaciones antifeministas o ultra conservadoras que promueven la vuelta a los valores tradicionales de la mujer en la casa también pasan a primer plano y hasta son reivindicadas desde la gestión estatal. 

El negacionismo ya no es sólo histórico: es institucional y cotidiano. Niega la desigualdad, la violencia machista, la existencia misma de identidades disidentes. En esa negación se sostiene una política que promueve el retroceso como programa.

Las conquistas en materia de derechos nunca son fijas. María Elena Walsh decía “las feministas no tenemos odio, tenemos bronca”. Tenía razón. Bronca. Bronca que se transforma en política, no en femicidios. Bronca que hay que canalizar en lucha, no en abstención. 

Cuando el hartazgo se traduce en silencio, la democracia retrocede. Quienes históricamente fueron silenciadas —las mujeres, las disidencias, las trabajadoras— vuelven a quedar fuera del mapa político. Es una responsabilidad la que tenemos actualmente hacia aquellas mujeres que lucharon y dieron su vida por nuestros derechos, reivindicar y defender sus logros. Por ellas y por nosotras, que vivimos ahora.



Nota de Opinión por Lucía Mazzucchelli.


 
 
 

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Conducción x Arcilla 

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