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EL SILENCIO COMO RESISTENCIA

La polémica inversión de Spotify en tecnología militar desató una ola de cancelaciones y cuestionamientos sobre los límites entre cultura y poder. En una época donde todo se mide en reproducciones, dejar de escuchar se vuelve un acto político.


El fundador de Spotify, el sueco Daniel Ek
El fundador de Spotify, el sueco Daniel Ek

El fundador de Spotify, el sueco Daniel Ek. 

A comienzos de octubre, miles de usuarios y varios artistas independientes iniciaron un boicot contra Spotify. No fue un cambio de algoritmo ni una nueva política de pago lo que encendió la protesta, sino una inversión: Daniel Ek, CEO de la compañía, destinó cerca de 700 millones de dólares a Helsing AI, una empresa sueca de tecnología militar. Sí, armas. Algoritmos que procesan información en tiempo real, que ayudan a ejércitos a decidir, a drones a disparar, a máquinas a vigilar. Mientras escucho mi playlist matutina, me pregunto: ¿qué ecos de guerra acompañan mis auriculares?


El dron HX‑2 que desarrolla Helsing puede alcanzar objetivos a 100 kilómetros de distancia. Y no es solo un dato técnico: es la sombra que se cruza con mi café de la mañana. Para artistas como Rubén Albarrán, de Café Tacuba, la cosa es aún más directa: “El dueño de Spotify ha invertido 600 millones de euros en tecnología militar que puede ser usada contra niños en Palestina, Sudán, Ucrania y en cualquier lugar”. La música, que debería unir, se encuentra ahora con la lógica de la guerra.


Y no es solo una cuestión ética o geopolítica: está también la otra cara, la que golpea directamente a los artistas. Spotify paga en promedio entre US $0,003 y US $0,005 por reproducción, lo que significa que 100.000 reproducciones apenas generan entre 300 y 500 dólares. Miles de artistas emergentes reciben casi nada, mientras su música circula por todo el mundo. Y sin embargo, ese mismo dinero termina financiando drones y algoritmos militares.


Desde entonces, surgió en redes la consigna #BoycottSpotify. Algunos músicos retiraron sus catálogos; otros dejaron de subir material nuevo. Massive Attack anunció que eliminaría toda su música de la plataforma y se sumó a la campaña No Music For Genocide, que busca boicotear servicios de streaming implicados en la guerra en Gaza y otros conflictos.


Los oyentes, por su parte, eligieron el silencio: cancelar la suscripción, no reproducir, no escuchar.Paradójicamente, en una plataforma que vive del sonido, la ausencia se volvió protesta. Cada pausa se siente un grito.


Spotify no emitió un comunicado oficial frente al boicot. La plataforma vive de algoritmos que predicen qué canción queremos escuchar. Helsing AI vive de algoritmos que predicen qué objetivo conviene atacar. En ambos casos, la ilusión es la misma: que una máquina puede entendernos mejor que nosotros mismos.


Quizás apagar la música no sea un gesto trivial, sino un acto de resistencia. Elegir qué merece sonar, qué merece nuestro tiempo, qué merece ser escuchado. Porque en un mundo saturado de ruido, cada reproducción (y cada pausa) tiene peso. Y tal vez, solo tal vez, apagar la música sea la única forma de volver a oírnos.



Por Morena Caballero

 
 
 

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Conducción x Arcilla 

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