LA IRONÍA DE LA PATRIA LIBERTARIA
- El Ancla, en Centro de Medios

- 21 oct 2025
- 3 Min. de lectura

Otra vez es necesario tener esta conversación: los hechos de violencia son reflejo del clima político actual, cada vez más cargado de intolerancia y desconfianza hacia los medios y periodistas. La escena condensa una paradoja que atraviesa el propio gobierno, un movimiento que se presenta como defensor de la libertad, pero que convive con un ensañamiento insólito hacia quienes ejercen el oficio de informar.
El viernes 18 de octubre de 2025, Tres de Febrero se convirtió en un escenario digno de un sketch de Capusotto: una mujer de 50 años, Annabel Ilarraz, se convirtió en protagonista de lo que podría llamarse “la libertad de expresión versión 2.0”: con un cuchillo en la mano y un pijama de Los Simpsons, persiguió a un fotógrafo que solo hacía su trabajo. La escena tenía todo: política, violencia y merchandising de Springfield.
Antonio Becerra, el fotógrafo, tuvo que correr entre los militantes hasta que la policía redujo a la mujer en un supermercado cercano. Otro colega, Fernando de la Orden, también fue alcanzado por la cuchilla: “Me tiró un facazo… me rozó el brazo”, contó. Entre estantes de galletas dulces, la realidad parecía competir con cualquier obra que el mejor guionista argentino podría imaginar.
Mientras tanto, desde la cuenta oficial de Javier Milei en X, se aseguró que “esto es el kirchnerismo”. Porque claro, no importa que la agresora fuera militante del propio oficialismo, que le gritara kukardo de mierda a alguien en la cara: en Argentina, cualquier cosa puede ser del kirchnerismo. Es un país donde un tuit del Gordo Dan puede convertirse en prueba irrefutable de infiltración enemiga.
Desde que Milei asumió, su discurso frente a la prensa ha sido tan confrontativo como una película de mafia barata: “operan”, “desinforman”, “enemigos por todas partes”. Y sus seguidores parecen haberlo tomado muy en serio. La crítica ya no es crítica, sino hostigamiento, la cámara que mira ya no es neutral y el periodista que escribe se vuelve blanco móvil. Y así, la palabra “enemigo” deja de ser metáfora y se transforma en método.
La postal de Annabel Ilarraz contra las góndolas, con los ojos desorbitados y Homero estampado en el pantalón, resume en una imagen lo que muchos han intentado explicar: la patria libertaria y los discursos de libertad están llegando a su fin, y la furia política se volvió un objeto físico, tangible y un poco ridículo.
Entonces surge la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: ¿qué tan libre es un país donde un periodista debe pedir protección para hacer su trabajo? ¿Dónde la “libertad de expresión” se narra en discursos y, al mismo tiempo, se la pisa con botas, cuchillos y balas de goma?
En Argentina pasa. A Pablo Grillo le pasó. A Antonio Becerra también. Y detrás de cada episodio absurdo hay un clima que se respira desde hace tiempo: temor a informar, hostilidad hacia quien mira y quiere mostrar. Lo que antes eran debates ideológicos, hoy son trincheras de guerra.
El periodismo, que antes era un oficio de riesgo por investigar al poder, hoy es un acto de resistencia por estar presente. Esta la libertad es cada vez más irónica, casi burlona. Y el periodismo se transforma en un acto de valentía cotidiana.
Porque, al final, Argentina parece un país donde la política y el absurdo se entrelazan como en una tragicomedia, y donde la ironía deja de ser sólo literaria: se vuelve real, cortante y un poco peligrosa.





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