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La pedagogía del hartazgo: Del "Ni una Menos" digital a la urgencia de habitar la polis

Creo que ya me cansé. Nos cansamos. Nos cansamos de escribir, de hablar, de opinar, de criticar, de exigir, de desear. Es un peso que se siente en el cuerpo, una fatiga que cala hasta los huesos. Dicen que “el cansancio es el precio que se paga por tener conciencia”, y pocas verdades resultan tan lacerantes hoy en día. Este desgaste no es individual; es un desgaste colectivo que nos erosiona como sociedad, como mujeres y como identidades movilizadas en la eterna y asimétrica lucha por la equidad de género.

Frente de la marcha en Córdoba a 11 años de Ni Una Menos. Mujeres y disidencias salieron a pedir justicia por Agostina y todas las mujeres y niñas asesinadas en contexto de violencia de género. PH: Lucas Pacheco.
Frente de la marcha en Córdoba a 11 años de Ni Una Menos. Mujeres y disidencias salieron a pedir justicia por Agostina y todas las mujeres y niñas asesinadas en contexto de violencia de género. PH: Lucas Pacheco.

Enoja profundamente constatar que el grito de "NI UNA MENOS” parece rebotar contra un muro de indiferencia institucional. No queremos un "Ni una Menos" algorítmico, esa indignación de diseño que dura veinticuatro horas en una pantalla, se licúa entre likes y luego es sepultada por el próximo tema de tendencia. Exigimos un Nunca Más femicidio ni violencia contra las mujeres histórico, encarnado, vinculante. Uno que se escuche y que transforme la realidad.


Intentando ensayar una respuesta lógica ante tanta barbarie, la pregunta aflora inevitable:

¿Por qué la lucha es tan larga? ¿Cuántas vidas más tienen que ser arrebatadas para que algo cambie de raíz?


El pasado fin de semana en Córdoba nos devolvió la peor de las respuestas con el femicidio de Agostina, seguido inmediatamente por otros casos que confirman la regla más macabra de nuestra coyuntura: en nuestro país, cada 31 horas una mujer es asesinada por el hecho de ser mujer.


Detrás de ese frío indicador macro estadístico hay nombres, proyectos abortados y comunidades rotas.

Para salir del bucle del luto perpetuo, es imperativo analizar los tres ejes que sostienen y pueden destrabar esta tragedia: la urgencia del involucramiento masculino, el rol preventivo y punitivo del Estado, y el acto político de habitar el espacio público.


La urgencia de la denuncia: El rol de los varones


La violencia de género suele ser tratada, erróneamente, como un "problema de mujeres". Sin embargo, nosotras no somos quienes ejercemos la violencia; somos quienes la padecemos. La solución no va a llegar de la mano de más consejos de autocuidado para las víctimas, sino de una profunda interpelación a la masculinidad.

El verdadero cambio comenzará cuando los varones dejen de ser espectadores pasivos o aliados de palabra, y pasen a ser actores incómodos para sus propios círculos.


Involucrarse no significa liderar nuestras marchas ni explicarnos el feminismo; significa romper el pacto de caballeros, el silencio cómplice, pasivo o perpetuante de micromachismos en la cotidianidad masculina .Instancias como el asado y truco entre amigos, señalar al amigo que acosa, cuestionar sus propios privilegios y entender que el silencio es parte del problema. El femicida no es un "monstruo suelto"; es el eslabón final de una larga cadena de micromachismos que la sociedad civil convalida y permite a diario.



El Estado y la política: Más allá de la burocracia simbólica El Estado no puede seguir actuando como un espectador que llega tarde a filmar el desastre. La respuesta política no puede limitarse a ministerios de cartón, presupuestos desfinanciados o ministerios públicos que archivan denuncias preventivas. Necesitamos un poder político que entienda que la seguridad de las mujeres es una cuestión de derechos humanos y de calidad democrática.


La justicia penal actual opera de manera reactiva: interviene cuando el cuerpo ya está en la morgue. Se requiere una reforma judicial con perspectiva de género real, donde las medidas cautelares no sean un papel mojado que el agresor rompe con impunidad, y donde la educación sexual integral (ESI) sea una política de Estado transversal e innegociable, capaz de desarmar la violencia antes de que germine.


Habitar y mostrarnos: El espacio público como trinchera


A pesar del miedo y del cansancio, hay una resistencia fundamental en el acto de no escondernos. El patriarcado utiliza el terror de los femicidios como un mecanismo de control social para devolvernos al ámbito privado, al encierro, a la cautela. Por eso, habitar el espacio público, la calle, la universidad, la plaza y la política es, en sí mismo, un acto revolucionario.


Mostrarnos juntas, tejer redes de cuidado que desafíen la intemperie institucional, es la única manera de transformar el dolor en potencia. No nos van a recluir. Nuestra presencia en el espacio común es el recordatorio permanente de que estamos vivas y de que el espacio también nos pertenece.


El cansancio es real, logrando ser el combustible de nuestra indignación. El dolor de Córdoba por Agostina y por todas las que faltan no va a ser sepultado por la indiferencia de un algoritmo. Si la lucha es larga, es porque estamos desmantelando siglos de opresión estructural. Pero la paciencia se terminó. Exigimos un compromiso real de los hombres, una respuesta firme del Estado y nos prometemos, entre nosotras, seguir ocupando cada rincón del mundo hasta que el fin de la violencia machista, sistemática, opresiva y patriarcal contra las mujeres y las identidades sexo génericas disidentes sea, por fin, una realidad irrevocable.


Justicia es que no vuelva a pasar.


Una nota escrita por Juana Zeballos.

 
 
 

1 comentario


Ese análisis de ejes para el cambio son esenciales y el análisis es totalmente correcto ….si queremos el cambio real debemos buscar líderes en que inicien actividades en cada eje con sistemáticas valoraciones sociales para medir el cambio real Aplaudo a Juana Zeballos por la claridad del planteo necesario y urgente

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