Lo que a todo el mundo le pasa, Clara lo volvió canción
- El Ancla, en Centro de Medios

- 30 sept 2025
- 5 Min. de lectura

Clara Cava llegó a Córdoba para presentar su tercer álbum de estudio, A todo el mundo le pasa. Lo hizo con una intensidad que transformó lo íntimo en un manifiesto colectivo: canciones crudas y conmovedoras que resonaron en cada cuerpo presente. Aunque su trayectoria ya incluye hitos como haber sido telonera de Coldplay en River en 2022, esta nueva etapa la muestra más versátil que nunca. Este nuevo álbum, abarca géneros como el neo soul, el pop rock y el trap argentino, con toques de jazz que expanden su universo sonoro. Concebido como un trabajo conceptual sobre las “malas rachas” y la vulnerabilidad compartida, convierte lo que a todo el mundo le pasa en una celebración sonora.
Llegamos con Alma temprano, decididos a asegurarnos la primera fila. La cola era corta, casi íntima, y eso nos sorprendió: un privilegio inesperado en tiempos donde los recitales suelen desbordar desde la vereda. Entre charlas, fotos improvisadas y algún cigarrillo para matar la ansiedad, el tiempo se deslizó con la calma de quienes saben que lo mejor está por venir. Afuera, el aire fresco de Córdoba se mezclaba con la expectativa contenida de los pocos que aguardaban. Cuando las puertas finalmente se abrieron, la fila se transformó en un río lento que nos condujo hacia adentro. Los primeros pasos revelaron un mundo paralelo: puestos de merch con remeras y medias de Clara, la barra iluminada invitando a que compres una cerveza fría, y la Sala Formosa, bañada en un tono violeta que parecía anticipar una noche emocional. Nos dirigimos directo al frente del escenario; estar tan cerca se sentía irreal, como si hubiéramos atravesado un umbral invisible. A nuestro alrededor, las conversaciones se entrelazaban con risas nerviosas, todos impacientes por el inicio. Las luces, que cambiaban de intensidad como un pulso, nos daban señales de que el momento estaba cada vez más cerca.
Las luces se apagaron y miré a Alma, como buscando confirmar que ella también estaba contemplando el cambio: la pantalla del escenario se tiñó de un rojo carmesí que invadió la sala. Así comenzó el show con la primera artista cordobesa, So Casanova, que nos envolvió con su voz etérea y un aura roja que parecía flotar sobre el público. Su carisma al interactuar con la gente hacía que uno quisiera seguir escuchándola. Su tiempo en escena fue breve, casi un destello que dejó ganas de más.
Entonces la atmósfera cambió por completo: irrumpió Valu Kiss, empoderada y magnética. Hermosa, deslumbrante, se adueñó del escenario con un performance que me dejó sin aliento. Una diva total que convirtió la sala en pista de baile, contagiando a todos con su energía. Ambas artistas habían sido seleccionadas por una convocatoria que Clara lanzó para dar espacio a talentos locales con hambre de devorar el mundo musical. La emoción era tanta que apenas notamos cómo el público se multiplicaba a nuestro alrededor: la Sala Formosa ya estaba encendida, vibrante, lista para recibir lo que vendría.

Eran casi las 22:00 cuando las luces cambiaron a un azul y verde fluorescente. Sabíamos que Clara estaba por aparecer. Su rostro y su nombre giraban en la pantalla del escenario, mientras el murmullo emocionado del público crecía como una ola contenida. Entonces, apareció con una sonrisa saludando a todos, dando inicio al concierto con “Te pensé un montón”, canción de su segundo álbum que encendió la memoria colectiva. Clara nos comentó que haría un recorrido por sus distintas eras, y así nos llevó del pasado al presente con un repertorio que profundizó aún más la conexión con sus fans.
La nostalgia se encendió con temas como “Anestesiar” y “Precipicio”, mientras que su costado más lúdico apareció en esos momentos en que la guitarra la acompañaba a todos lados, convirtiéndose en extensión de su cuerpo. Los instrumentos se fusionaron con su voz hasta el más mínimo detalle, creando un todo indivisible. Fue increíble cómo logró transmitir tantos sentimientos en una sola noche: amor, tristeza y traición convivieron en su mundo sonoro para transmutar en algo mejor. Con el sostén de una banda precisa y sensible, Clara nos aseguraba que todo iba a pasar. Y así, entre temas como “Me hace bien” y “Protagonista”, la promesa se volvió celebración compartida. Incluso, en “Blíster”, nos invitó a ser parte del coro, y lo hicimos: fue imperfecto, pero sincero, como un abrazo colectivo
Llegó un punto en el que Clara empezó a interactuar más con el público. Las miradas fugaces que lanzaba desde el escenario parecían buscar complicidad, como si quisiera asegurarse de que estábamos ahí con ella, sintiéndolo todo.
Con el correr de los minutos, algo cambió. Clara comenzó a mostrar cierta desconexión, no emocional, sino técnica: problemas con el sonido que la alejaban de su propio universo sonoro. Pero en lugar de retraerse, se volcó más hacia nosotros. La interacción se volvió más intensa, más urgente. Se replanteó bajar del escenario, y lo hizo. Caminó entre nosotros, cantó cerca, nos miró a los ojos, y ofreciéndonos el micrófono para que cantáramos con ella. Ese gesto marcó la noche: entrelazó sus manos con fans, compartió el micrófono en varias canciones, y convirtió el escenario en un espacio común. En ese instante, la distancia se deshizo. Ya no había artista y público, solo un cuerpo colectivo vibrando al ritmo de lo que a todo el mundo le pasa.
Estaba esta barrera metálica que nos separaba de ella, pero incluso así la sentíamos más cerca que nunca. La música nos recorría como un pulso. El ambiente se volvió más amiguero, más íntimo. Las canciones más tristes —“Cuando estás triste” y “Ya está, ya fue”— reforzaron ese sentimiento compartido, como si todos fuéramos parte de algo que nos excedía. Cada vez más juntos, vibrando entre nosotros, la alegría también se podía sentir. Bailar al ritmo de Clara fue estupendo, como si estuviéramos conectados por hilos invisibles, saltando en éxtasis al compás de los instrumentos.
Por un momento, sentí que el tiempo se detuvo. Era como si nadie quisiera irse, como si todos debiéramos seguir ahí. Sabíamos que el show iba a terminar, pero la intensidad no bajaba. Le pedíamos más, una canción más. Y ella nos escuchaba. Decidíamos juntos con qué canción debía cerrar. Fueron una tras otra, hasta que finalmente tocó despedirnos. Pero algo había cambiado: nos sentíamos más humanos, en contacto con nuestras emociones, gracias al espectáculo del que fuimos parte.

La última canción, la que resonó en todos los mares de corazones presentes, fue la que le da vida al álbum: “A todo el mundo le pasa”. En ese momento, fue un secreto compartido, un amor intenso que se formó entre Clara y quienes la escuchábamos. En los coros, todos cantábamos, bailando lentamente hasta desvanecernos. Clara explicó que este disco fue hecho con amor, “de darte cuenta de que lo mejor está por venir”, asegurando que todo pasa, que “todo está bien”. No hay que darse por vencido, decía, porque al final hay que salir adelante para volvernos a encontrar.
Este álbum no es solo una colección de canciones: es un ritual de tránsito, una forma de nombrar lo que duele sin quedarse ahí. Es un mapa emocional que va del caos a la calma, del enojo a la ternura, de la vulnerabilidad a la celebración. Y esa noche, en Sala Formosa, Clara no solo presentó un disco: nos invitó a habitarlo. Al cantar en voz alta nos encontramos, nos hicimos compañía, y lo que dolía dejó de doler igual. Todo se transformó en algo único: una claridad compartida, llena de luz.





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