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Narrativas en tiempos de crisis


Entre el agotamiento económico, la cultura del bienestar y la imposibilidad de proyectar futuro, una generación intenta encontrar pequeñas formas de humanidad en una realidad cada vez más orientada a la productividad y la supervivencia



Cuando era adolescente mantenía una rutina inamovible: todas las noches, frente a mi computadora se reproducía el soundtrack de una película sobre un romance homoerótico italiano. Encorvada en el escritorio, escribía en mi cuaderno. Casi siempre, cualquier cosa, lo primero que se me venía a la cabeza. A veces prendía un sahumerio, me hacía un té o encendía las luces de colores que llenaban mi habitación de tonos naranjas y rosas. Durante mucho tiempo pensé que esa escena era apenas una excentricidad adolescente. Hoy sospecho que también era una manera de ordenar el mundo.


Ahora también escribo pero sin luces ni música. De fondo, mis papás están haciendo empanadas para vender este fin de semana. El sábado, irónicamente, es el día que más horas trabajan. Yo escribo esto evitando los pendientes que han empezado a acumularse en mi calendario en mi intento de equilibrar una vida estudiantil y laboral de manera improvisada. De equilibrar una vida, mejor dicho.


En Argentina, la crisis dejó hace tiempo de percibirse como una excepción. Para quienes crecimos después del 2001 y en la era de la sobreinformación, la incertidumbre económica no aparece como una anomalía sino como una condición permanente. Sociólogos e investigadores vienen señalando desde hace años que el deterioro sostenido de la clase media modificó no sólo los hábitos de consumo, sino también la manera de imaginar el futuro. La idea de progreso lineal, esa promesa de estudiar, trabajar y eventualmente acceder a cierta tranquilidad material: la libertad financiera como fantasía sexual de la generación Z.


En ese contexto, no resulta casual el crecimiento de una industria cultural centrada en el bienestar. Redes sociales como TikTok e Instagram están llenas de contenidos que enseñan cómo “romantizar la vida”: journaling, grounding, pilates, skincare, y cafés preparados meticulosamente para verse estéticos en cámara. El descanso dejó de presentarse únicamente como necesidad biológica y empezó a construirse también como identidad visual.


El fenómeno no es superficial ni individual: distintos análisis sobre cultura contemporánea señalan que, en contextos de incertidumbre económica y agotamiento emocional, las prácticas vinculadas al autocuidado funcionan muchas veces como intentos de recuperar control sobre la vida cotidiana. Cuando el futuro se vuelve imprevisible, ordenar pequeños aspectos de la rutina puede generar una sensación momentánea de estabilidad. Sería absurdo burlarse de quienes buscan en una vela aromática, un cuaderno con afirmaciones o un libro de autoayuda formas de volver tolerable una realidad cada vez más hostil. El problema aparece cuando la precarización económica empieza a tratarse como un simple problema de actitud. Como si unas gotas de flores de Bach pudieran aliviar el agotamiento de alguien que pasa dos horas arriba de un colectivo, trabaja diez y todavía no llega a fin de mes.


La contradicción se vuelve especialmente visible en la clase media argentina. Muchas familias sostienen consumos considerados normales hace apenas algunos años mediante endeudamiento, trabajos extra o recortes permanentes. Comprar en cuotas en el supermercado, dejar de pedir comida, suspender viajes familiares o reducir gastos vinculados al ocio forman parte de una adaptación cotidiana al deterioro económico.


En defensa del tiempo perdido


Pero la crisis no impacta únicamente sobre el consumo. También modifica la relación con el deseo. Hace tiempo dejé de proyectar con demasiado detalle. Y creo que ahí aparece uno de los efectos menos visibles de la crisis permanente: el futuro ha dejado de funcionar como promesa.


Me aferro a las cosas pequeñas pero no puedo escapar de la culpa de la clase media. No voy a recitales porque me produce incomodidad endeudarme por algo de una noche: comprendo el disfrute, pero a veces me parece un privilegio. Y sé que muchos no van a estar de acuerdo, y sinceramente, me alegro. 


Por eso creo que quienes crecimos en esta Argentina aprendimos a relacionarnos con el disfrute desde la justificación. Como si cada gasto tuviera que demostrar una utilidad inmediata y se necesitara un aval médico para descansar. Se presenta, entonces, como el único comportamiento legítimo frente a la crisis el trabajar más, producir más y optimizar cada minuto disponible.


No creo que sea posible escapar de la angustia. No propongo ninguna solución. Las cuentas en rojo van a seguir incluso después de leer este texto. Pero quizás haya algo importante en seguir defendiendo pequeños espacios de deseo, ocio y belleza incluso ahora. No porque alcancen para salvarnos, sino porque tal vez sean de las pocas cosas que todavía nos recuerdan que estamos vivos.


Una nota escrita por Morena Caballero

 
 
 

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Conducción x Arcilla 

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