Nos siguen matando. Y encima, los sueltan.
- El Ancla, en Centro de Medios

- 14 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Absuelto no es inocente, y creer lo contrario, también es violencia.

El 14 de octubre de 2025, el Tribunal de Juicio de Orán absolvió por mayoría a Gustavo García
Viarengo, único imputado por el femicidio de Nuri Klimasauskas. Sí, lo absolvió. A pesar de las
pruebas. A pesar de los videos. A pesar del forcejeo registrado por las cámaras. A pesar de las
contradicciones en su testimonio. A pesar de que la fiscalía y la querella pidieron prisión perpetua. A
pesar de todo, quedó libre.
Y no es un caso aislado. Es un patrón. En Córdoba, en Salta, en Buenos Aires. En cada rincón del país,
los femicidios se acumulan como cifras en informes que nadie quiere leer. Y cuando una familia logra llegar a juicio, cuando logra sostener la denuncia, cuando logra presentar pruebas, cuando logra que el caso no se archive, la Justicia —esa misma que debería garantizar derechos decide mirar para otro lado.
La familia de Nuri no solo presentó pruebas contundentes. También denunció irregularidades
procesales durante el juicio, y eso no es un detalle técnico, es una falla estructural. Porque cuando se
omiten pruebas, cuando se desestiman testimonios, cuando se vulnera el principio de imparcialidad, no sólo se rompe el proceso penal. Se rompe la confianza. Se rompe la posibilidad de justicia. Se rompe el país.

Y mientras eso pasa, y mientras todavía resuena el espanto por el doble femicidio en Córdoba —sí, el
del tipo que manejaba la cuenta Varones Unidos, ese antro digital donde el machismo se disfraza de
debate y el odio se organiza con memes—, se sigue instalando la idea de que el feminismo “extremo” es el que genera esas reacciones. Que el problema es el tono, la rabia, la confrontación. Que hay que calmarse, que hay que ser “razonables”.
Pero ¿cómo se calma una cuando el asesino de Nuri queda absuelto? ¿Cómo se calma una cuando en Córdoba matan a dos mujeres y secuestran a un nene? ¿Cómo se calma una cuando la violencia
digital —los foros, los comentarios, los grupos de odio, los stickers misóginos que circulan como si
fueran chistes— sigue funcionando como incubadora de femicidas?
No, no es el feminismo el que genera odio. Es el odio el que se incomoda cuando el feminismo lo
señala. Y sí, a veces lo hace con fuerza, con bronca, con gritos. Porque estamos hartas. Porque nos
siguen matando. Porque siguen absolviendo. Porque mientras nos piden calma, nosotras enterramos amigas, hermanas, compañeras. Y mientras nos piden moderación, ellos siguen organizándose para odiar.

Y mientras tanto, el gobierno nacional mira para otro lado. No hay políticas públicas que enfrenten la violencia digital con seriedad. No hay presupuesto suficiente para acompañar a las víctimas. No hay voluntad política para reformar un sistema judicial que sigue fallando para cualquier lado. Y cuando falla, no lo hace al azar… falla siempre en contra de las mujeres.
El movimiento feminista sostiene, empuja, insiste. Está en las calles, en las aulas, en los medios, en
los barrios. Somos el músculo colectivo que transforma el dolor en acción. Pero no deberíamos ser las únicas sosteniendo el peso de la justicia.
Necesitamos que el Estado esté a la altura. Que esa
fuerza organizada encuentre eco en políticas públicas reales, en presupuesto, en voluntad política.
Porque mientras el feminismo se planta, el Estado se borra. Y eso también es violencia. La violencia digital no es un fenómeno nuevo, ni un problema menor. Es un ecosistema donde se incuban discursos de odio, se organizan ataques, se naturaliza el acoso, se estetiza la misoginia. Y sin
una política pública que lo enfrente con decisión —con regulación, con educación, con justicia—, lo
que se está haciendo es habilitarlo. Y eso, aunque no se diga, también es responsabilidad del Estado.
Nuri tenía 27 años. Cayó desde un cuarto piso. Su expareja fue el último en verla con vida. Las
cámaras registraron un forcejeo. Él dio versiones contradictorias. Y sin embargo, quedó absuelto.
¿Qué más hace falta? ¿Qué más tiene que pasar para que la Justicia deje de mirar para otro lado?
¿Cuántas pruebas hacen falta para que un femicida no se vaya caminando por la puerta del tribunal?
La absolución de García Viarengo no fue un error técnico. Fue una decisión política. Porque cuando
un tribunal desestima pruebas, ignora el contexto de violencia, relativiza el vínculo, y absuelve al
único imputado, lo que está haciendo es enviar un mensaje, que la vida de Nuri no vale. Que la palabra de su familia no vale. Que el miedo de todas nosotras no vale.
Todo esto tiene que dejar de ser la normalidad. Queremos justicia. Queremos que la bronca se
vuelva ley, que la memoria se vuelva condena, que la rabia se vuelva política.
Vamos a gritar más fuerte. Vamos a marchar aún más y juntas. Vamos a escribir, a denunciar, a
incomodar. Vamos a hacer que tiemblen los despachos donde se firma la impunidad. Porque no
estamos solas. Porque no estamos quietas. Porque si el Estado se borra, nosotras aparecemos. Y no
vamos a parar hasta que la justicia sea nuestra también.
Por Mía Zarra






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