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¿Puede un Estado salvar a la patria destruyendo a sus propios ciudadanos?

A partir de la reciente identificación de desaparecidos en La Perla, una reflexión sobre el terror, el lenguaje y la negación que hicieron posible la desaparición forzada en Argentina


Basado en el testimonio de decenas de víctimas, podemos presuponer que la casa estaba en silencio. Afuera era de noche y la luz de los postes caía sobre la vereda de aquella casa en General Paz. En una de las habitaciones duerme una niño de apenas dos años. En la mesa debe haber quedado un vaso o una taza sin lavar, quizás en el tendedero alguna toalla. Y entonces llegan los golpes. Son secos. Urgentes. No esperan respuesta. Los monstruos entran sin invitación. Armados y moviéndose rápidamente por la casa, revisan y desarman todo lo que se cruza en su camino en busca de pruebas que justifiquen la magnitud de su accionar. La escena dura pocos minutos. La puerta vuelve a cerrarse pero falta alguien. Esa madrugada los militares se llevaron a Mario Alberto Nívoli. 


Mario tenía 28 años, le decían “Tito” y era técnico electricista. Estudiaba Ingeniería Química en la Universidad Nacional del Litoral y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Cuando hablamos de víctimas tendemos a olvidar que antes de su desaparición hubo muchísima vida: tenía un hijo de dos años y una bebé de apenas unos meses al momento del secuestro, aquella madrugada del 14 de febrero de 1977. Para su familia, esa escena fue la última imagen antes de iniciar una larga búsqueda, llena de preguntas que hasta el momento no habían obtenido respuesta. 


Cincuenta años después, el Equipo Argentino de Antropología Forense logró identificar uno de los 12 restos humanos hallados en Loma del Torito, cerca del ex centro clandestino de detención La Perla. Hasta el sábado 14 de marzo, mientras redacto esta nota, fueron identificados: Mario Alberto Nívoli, Eduardo Jorge Valverde Suárez, Adriana María Carranza, Cecilia María Carranza, Ramiro Sergio Bustillo Rubio, Oscar Omar Reyes y Raúl Oscar Ceballos Cantón.



Cuando leo estas noticias, inevitablemente vuelvo a la misma pregunta: ¿qué es lo que lleva a un gobierno a pensar que secuestrar, torturar y desaparecer personas puede ser un acto de bien para la patria? Intentar responderla nos obliga a mirar más allá de las historias individuales, porque la madrugada del secuestro de “Tito” Nívoli representa la manera en la que se ejecutaba aquel sistema. 


Leyendo a la politóloga Pilar Calveiro, en su libro Poder y desaparición: Los campos de concentración en Argentina (1998), entendí algo que ayuda a explicar esa lógica. Calveiro sostiene que los centros clandestinos de detención funcionaron como dispositivos de poder destinados a producir terror en toda la sociedad. No estaban pensados únicamente para castigar a las víctimas directas, sino para instalar una verdadera pedagogía del miedo. La desaparición no terminaba en quien era secuestrado: se extendía hacia quienes miraban, escuchaban y empezaban a preguntarse si levantar la voz podía llevarlos al mismo lugar.


Pero el terror, por sí solo, no alcanza. También necesita palabras que lo sostengan.

La investigadora Marguerite Feitlowitz analiza ese aspecto en su libro A Lexicon of Terror: Argentina and the Legacies of Torture (1998). Allí muestra cómo la dictadura construyó un lenguaje capaz de deshumanizar a las víctimas y volver aceptable la avalancha de violencia estatal. Palabras como “subversivo”, “enemigo interno” o “delincuente terrorista” no eran simples etiquetas: eran herramientas políticas. Nombrar así a las personas permitía presentar su desaparición como una medida necesaria para preservar el orden nacional.


Y después venía algo todavía más perverso: la negación.


El sociólogo Emilio Crenzel, en su libro La historia política del Nunca Más (2008), explica que la desaparición fue una estrategia de doble función. Por un lado, eliminaba a los opositores; por otro, permitía negar la responsabilidad del propio poder. Sin cuerpos, sin registros oficiales y sin detenidos reconocidos, el régimen podía sostener públicamente que esas personas simplemente “no estaban”. La clandestinidad era la pieza central del mecanismo.


Cuando uno observa juntas estas tres dimensiones empieza a comprender cómo fue posible que miles de secuestros ocurrieran mientras el Estado afirmaba estar defendiendo la nación. Y es por eso que la identificación de los restos tiene un peso mucho más allá de lo forense. Casi cincuenta años después, devuelve algo que durante décadas faltó: una verdad material.Un nombre que vuelve a tener cuerpo. Una historia familiar que deja de estar suspendida en la incertidumbre. Una mujer que puede decir: “Ya no soy hija de un desaparecido”.


Y sin embargo, cada vez que leo estas historias aparece una inquietud difícil de ignorar. La historia muestra que ninguna sociedad está completamente a salvo de estas justificaciones. Cada época encuentra nuevas palabras para nombrar a sus enemigos y nuevos argumentos para volver razonable lo que alguna vez fue impensable.

Aquellas víctimas eran ciudadanos comunes con trabajos, estudios, hijos y proyectos. La distancia con el presente se achica porque cuando un Estado decide que algunos deben desaparecer en nombre de la nación, nadie está completamente a salvo de convertirse en el próximo enemigo.


Si para salvar a la patria hay que secuestrar a sus ciudadanos mientras duermen, torturarlos en secreto y hacer desaparecer sus cuerpos, entonces la pregunta no es qué patria se estaba defendiendo, sino qué tipo de país se estaba construyendo. 

La historia ya dio una respuesta. La pregunta ahora es si estamos dispuestos a olvidarla. 


Este texto pretende ser un humilde homenaje a quienes ya no están: a los desaparecidos, a los que pudieron volver y a los exiliados. A quienes soñaron con un país más justo y sufrieron las consecuencias. A quienes alzaron la voz para que hoy podamos escribir, estudiar, debatir y disentir sin miedo. A los compañeros desaparecidos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, que caminaron por estos mismos pasillos mucho antes que nosotros, defendiendo ideas y sueños. A quienes nunca dejaron de buscar: a las madres, a los padres, a los hijos y a los hermanos que aún se siguen preguntando dónde están. Gracias a ustedes la memoria sigue viva.


Escrito por: Morena Caballero


 
 
 

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