¿Quién responde por Treinti?
- El Ancla, en Centro de Medios

- 28 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Una mirada crítica sobre cómo se construye el sentido común cuando la violencia policial y el travesticidio quedan por fuera de la agenda mediática

Treinti tenía 36 años, era fotógrafa, trans y caminaba por la calle cuando un patrullero de la Bonaerense que circulaba sin luces la atropelló el día 18 de noviembre en Ciudad Evita.
El nombre de Treinti apareció en algunos medios, casi de manera lateral, como si su vida fuera apenas una nota al pie de un hecho policial. Una fotógrafa trans, atropellada y asesinada por un móvil policial. Eso fue lo que trascendió. Poco más. Y aunque el caso tenga todos los elementos para encender una alarma social (una muerte violenta, fuerzas de seguridad involucradas y una víctima perteneciente a un colectivo históricamente violentado) la cobertura mediática brilló por su ausencia. Tres medios la nombraron. Tres. En un país donde un choque de tránsito menor puede volverse tendencia nacional, la interrogante que surge es: ¿cómo puede algo tan grave desaparecer tan rápido del discurso público?
Lo que molesta no es solo el silencio sino lo que ese silencio habilita. Porque cuando los medios callan, la justicia hiberna. Y cuando la justicia hiberna, la impunidad se hace costumbre. Hay una pedagogía de la desidia que se repite: si la víctima es una mujer trans, el caso no importa tanto; si el responsable es un patrullero, se relativiza; si la historia incomoda la imagen de las instituciones, se archiva rápido. No es nuevo, pero sigue siendo insoportable.
Las primeras denuncias las hicieron artistas, fotógrafes, influencers y personas del colectivo LGBTIQ+. Como siempre: la comunidad organizada antes que el Estado. Elles visibilizaron lo que la prensa decidió mirar de reojo. La denuncia se amplificó gracias a figuras como Taichu, Blair y BB Asul, que exigieron identificar el patrullero y a los policías presentes, y conocer el estado real de la causa. Reclamaron que no se tratara el hecho como un accidente más, porque no lo fue. Porque ninguna muerte de una persona trans, atropellada por un vehículo policial que luego intenta justificar su accionar, puede leerse con inocencia. Porque en este país el travesticidio no es un concepto militante: es estadística, es historia, es presente.
La cobertura escasa también revela algo más profundo: la forma en que narramos la violencia define qué vidas nos parecen dignas de duelo social. Cuando los grandes medios no cubren estos crímenes, cuando las redacciones apenas destinan unas líneas sin contexto, sin preguntas y sin investigación, están diciendo (sin decirlo) que la muerte de Treinti no altera el orden de las cosas. Que es prescindible. Que es una muerte más.
Pero no es una muerte más. Es una mujer con nombre propio, con un oficio que la definía, con una red que la sostuvo incluso después de su muerte, con una historia que merecía ser dicha. Y es un caso que, si se mirara sin cobardía, forzaría discusiones urgentes: ¿qué hizo la policía? ¿Qué intentó ocultarse? ¿Por qué la causa parece empantanada? ¿Qué pasa cuando las instituciones encargadas de proteger son las primeras en fallar?
Ese es el punto donde aparece mi indignación. No se trata solo de denunciar un hecho, sino de iluminar la estructura que lo produce. La violencia hacia las personas trans en Argentina no es individual ni accidental: es sistemática, institucional y cotidiana. Se expresa en la falta de acceso al trabajo, en la exclusión temprana, en la esperanza de vida reducida, en la estigmatización mediática y, como en este caso, en la violencia policial.
Quizás lo más doloroso es que Treinti no puede defenderse, pero el Estado sí podría hacerlo. Los medios también. Y no lo hacen. Entonces el relato cae otra vez en manos de quienes sí entienden el valor de nombrar.
La muerte de Treinti merece respuestas, investigación y justicia. Pero también merece algo básico, casi fundacional: ser nombrada. Ser contada. Ser recordada. Que su historia no se archive en una página perdida de internet. Que no la desaparezcan de nuevo.
El silencio nunca es neutral. Siempre protege a alguien. Y en Argentina, casi siempre, protege a los mismos.
Escrito por: Morena Caballero





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