Sobre el fútbol femenino en Argentina: una eterna deuda impaga
- El Ancla, en Centro de Medios

- 27 abr
- 5 min de lectura
En pleno siglo XXI, basta mencionar fútbol y mujeres en la misma frase para que todavía se enciendan viejos prejuicios. Sin embargo, esta cuestión va más allá de una lucha abstracta; se sostiene en situaciones concretas y cotidianas, muchas veces invisibilizadas.
Desde el inicio de este deporte a finales del siglo XIX, las jugadoras han tenido que enfrentarse a prejuicios y a la falta de reconocimiento, una problemática que va más allá de lo simbólico. La desigualdad no se limita a la visibilidad o los salarios; también se manifiesta en las condiciones más básicas en las que se desarrolla la actividad.

En este sentido, el discurso que se opone al machismo convive, en muchas ocasiones, con prácticas que lo reproducen. Incluso en estructuras que se consideran profesionales y formativas, persisten estas injusticias y abusos.
A principios de abril de 2026, una de estas injusticias volvió a tomar relevancia cuando la actual jugadora del equipo femenino de Belgrano, Luana Muñoz, realizó una denuncia pública contra Diego Guacci, quien había sido entrenador de las inferiores de River Plate cuando ella recién llegaba al club de Núñez.
El testimonio de la jugadora narra cómo el comportamiento del técnico abarcaba conversaciones sobre su vida privada y sexual. “Me hacía sentir en un constante peligro”, relató al reconstruir aquellas situaciones.
Su acusación se sumó a la de otras cuatro jugadoras que, en 2021, habían presentado el caso ante la FIFA —el máximo ente del fútbol—, denunciando hostigamiento, acoso y abuso por parte de Guacci. En el testimonio de Gabriela Garton, se relató que, tras un partido, el técnico exclamó a las jugadoras: “¿Qué tengo que hacer para que jueguen bien? ¿Meterlas en la ducha y cogerlas por el orto?”, entre otras frases que implicaban insinuaciones sobre cómo las jugadoras utilizaban su cuerpo como recurso para acceder a la Selección Argentina Femenina.
Lamentablemente, la querella fue desestimada en 2022 y no se aplicó ninguna sanción al director técnico, lo que generó una profunda indignación entre las denunciantes, quienes se vieron obligadas a enfrentar una contraquerella por daños y perjuicios interpuesta por Guacci.
También se pueden mencionar las reiteradas faltas e incumplimientos que afectan al fútbol femenino en Argentina. Durante el año pasado, salieron a la luz casos como el de San Lorenzo, donde las jugadoras protestaron por las paupérrimas condiciones en las que entrenan: no cuentan con cobertura médica ni reciben insumos para atenderse en el caso de sufrir lesiones.
Las canchas se encuentran en mal estado; deben entrenar con una única muda de ropa desde enero, y los vestuarios y baños presentan un deterioro alarmante. La residencia sufre constantes cortes de luz, problemas de humedad e incluso la falta de agua caliente en las instalaciones, sin mencionar que carecen de cocina y de alimentación básica.
Asimismo, hay una ausencia de micros para el transporte a los partidos, y muchas jugadoras enfrentan la falta de pago de premios y alquileres prometidos. Todo esto forma parte de los constantes problemas que padece el club porteño a nivel institucional.
En Rosario, destaca el caso de Newells, donde todo el plantel femenino alzó la voz para exigir ante el mundo la regularización de los pagos hacia todas las jugadoras. Esto se agrava aún más al considerar que el conjunto rosarino era bicampeón tanto del Apertura como de la Copa Federal, dos de los torneos más prestigiosos del fútbol femenino a nivel nacional. A día de hoy, las denuncias por los pagos tardíos siguen vigentes.
Pero las problemáticas del fútbol femenino no solo se reflejan en denuncias mediáticas o conflictos institucionales. También aparecen en historias cotidianas, muchas veces invisibles, de quienes sostuvieron la actividad cuando casi no existían estructuras para hacerlo. En ese recorrido, apareció el testimonio de Cecilia Magali Clemente, exjugadora cordobesa cuya experiencia permite comprender cómo muchas de estas desigualdades se vivían lejos de los focos y sin ningún tipo de reconocimiento.
Cecilia, más conocida como Kika, comenzó a jugar a la corta edad de seis años, compartiendo categoría con los varones ante la ausencia de una categoría femenina en el club de barrio donde su padre era el director. Lejos de oponerse a la idea de que ella jugara, fue quien la motivó desde un principio.
“Era la marimacho del barrio”, recuerda de su infancia, cuando algunos vecinos la señalaban por jugar con varones, vestirse con camisetas y ropa de fútbol, e incluso prohibían a sus hijas que se juntaran con ella. Narró acerca de los sacrificios que implicaba jugar al fútbol en su época; encontrarse con que personas cercanas a ella se oponían a que dejara a sus hijos para ir a jugar un “deporte de hombres”.
Recuerda que, durante mucho tiempo, le tocó compartir categorías con varones, y los partidos se convertían en batallas campales, ya que jugaban como lo harían con un hombre, sin entender la disparidad que había en ello.
Kika tuvo la fortuna de que en su familia no vieran con malos ojos su gusto por el deporte y que tanto sus padres como sus hermanos la apoyaran en todo momento, aunque con sus primeros noviazgos enfrentó conflictos e incluso le llegaron a prohibir jugar. “Les causaba enojo verme jugar, incluso me lo prohibían. Sin embargo, nunca dejé de jugar al fútbol… lo hacía a escondidas.”
Kika afirma al respecto: “Para mí, el fútbol es mi corazón. Me acompaña desde mi infancia; crecí con él en mi adolescencia, me vio convertirme en mujer y, luego, en madre. Por ende, su significado ha evolucionado a lo largo de los años. Hoy sé que siempre fue mi cura y que la pelota es mi mejor amiga.”
Las voces de Kika y de otras futbolistas mencionadas son recurrentes. El fútbol femenino es una lucha constante que abarca todos los aspectos de sus vidas Hoy, el fútbol femenino ha ganado más visibilidad, aunque todavía arrastra viejas deudas. Quizás por eso, para muchas de ellas, nunca fue solo un deporte: también fue un refugio, una forma de resistencia y un símbolo de libertad.
Las voces de Kika y de otras futbolistas mencionadas son recurrentes. El fútbol femenino es una lucha constante que abarca todos los aspectos de sus vidas Hoy, el fútbol femenino ha ganado más visibilidad, aunque todavía arrastra viejas deudas. Quizás por eso, para muchas de ellas, nunca fue solo un deporte: también fue un refugio, una forma de resistencia y un símbolo de libertad.
Una nota escrita por Gianluca Ludueña





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