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Sobre volver a casa

Una reflexión íntima sobre ese tiempo raro en el que las despedidas marcan el ritmo y el verano nos obliga a volver a quienes éramos antes de que la vida empezara a corrernos



Mi amiga, Milagros, ya sacó pasaje de vuelta a su provincia. Es un aviso corto que activa en mí un reloj instintivo: uno que cuenta los días que quedan para disfrutar su compañía, y otro, que marca una espera larga y paciente hasta su regreso a Córdoba. Porque volverá, por supuesto, pero para eso falta mucho. 


Pienso en las despedidas silenciosas. En Milagros ordenando su departamento, guardando la ropa que no usará por un mes, acomodando cuadernos que fueron testigo de la cursada y el juego de mate que atestiguó Dios sabe cuántas conversaciones por las que decidimos quedarnos afuera de clase. Y la miro y descubro en mí una resistencia casi infantil porque no quiero que se vaya pero el ciclo es así. Habrá huecos donde antes había risas, una calma rara que tarde o temprano, voy a detestar habitar.


Y aunque yo no vaya a ningún lado, aunque mi casa esté en el corazón de esta provincia y tenga el privilegio de tomar siempre el mismo colectivo, en noviembre siempre me inunda la nostalgia. Una melancolía aguda que se cuela en los pasillos vacíos de la facultad, en las aulas donde el silencio es el rey y en bares donde las charlas se desarman porque en el fondo cada uno cocina su propia despedida. Es una temporalidad extraña y ajena: ni totalmente un presente ni completamente un futuro.


Las vacaciones llegan como un símbolo de descanso, pero también como el inicio de algo inyectado en expectativas, que casi nunca nacen de mí: retomar proyectos de ocio que postergué por falta de tiempo o de ganas; visitar amistades que dejé en pausa; entrenar más, dormir mejor y ordenar mi vida como quien acomoda una valija antes de emprender un viaje importante y memorable. Una fantasía de equilibrio que dura apenas dos días. Porque la realidad es que cuando la agenda se afloja, lo que aparece pocas veces resulta en disciplina, más bien es un montón de huecos. Y dentro de esos huecos, se fermenta una expectativa casi infantil de que el tiempo libre por fin me va a permitir crecer, crear y transformarme. 


No siempre sucede. Pocas veces se crece, se crea o se transforma: a menudo, lo único que ocurre es un pequeño derrumbe. Sin embargo, la esperanza se cuela en mis manos, me promete todos los años que este paréntesis será rastro de lo que dejé y lo que retomo, como si existiera una fuerza infinita que me empuja hacia adelante. 


Volver a casa significa cosas diferentes para todos: reencontrarse con familias que se extrañaron en silencio o que se reúnen por obligación; retomar trabajos de temporada; recuperar rutas que se conocen de memoria como un ritual repetido cada cierta cantidad de meses; o apenas descansar el ritmo acelerado que impone una ciudad que nunca termina de adoptarnos del todo. Para muchos, Córdoba es una vida que comenzó acá y, volver, un recordatorio de que existe otra que quedó en pausa.


Y tal vez por eso esta época se siente como volver a casa, incluso para quienes no nos movemos de la ciudad. Porque un hogar no siempre es un lugar físico: puede ser una rutina que se vuelve más calma y monótona, aquellos silencios que recuperamos en medio de un festival de sobreinformación o una lista interminable de pendientes que por primera vez volvemos a observar sin culpa. Volver a casa es volver a mí, aunque sea por un rato, aunque sea ficcional, aunque el verano apenas alcance para recordarme quién era antes del cansancio. 


Escrito por: Morena Caballero

 
 
 

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Conducción x Arcilla 

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