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Una Argentina grande y para todos

Hoy, domingo 26 de octubre de 2025, lo primero que pensé cuando vi las encuestas fue: llegó el momento de hacerse cargo. Ya no alcanza con anunciar promesas ni con señalar culpables afuera.



Los resultados son conocidos: a nivel nacional, los candidatos de La Libertad Avanza sumaron un 40,84 % de los votos, renovando la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. Javier Milei lo llama: “el Congreso más reformista de la historia” y “el país más libre del mundo”. Ofrezco un análisis que nadie pidió y que tan sólo espero que sirva para dar luz entre tanta oscuridad:

El gobierno encabezado por un presidente que hace tres semanas cantaba en el Movistar Arena (jugando a ser estrella de rock con la plata del Estado) logró imponerse con casi la mitad de los votantes a su favor. Esta victoria puede leerse como un mandato de impulso, pero también como una sentencia que pone un temporizador a un gobierno que pronto comenzará a desmoronarse. Hasta acá, la narrativa oficial se apoyaba en el “riesgo K”, en “lo que hicieron los otros” y en “Kirchnerismo Nunca Más”, donde las trabas externas eran las responsables de frenar el cambio. Pero con esta conquista ese discurso deja de tener respiro.

Lo que viene es administrar y rendir cuentas. Las reformas estructurales, la austeridad y la promesa de reactivación: todo eso será evaluado no por lo que se dice, sino por lo que se hace. Y los indicadores que hay en el horizonte no son para tomarlos a la ligera. Este gobierno inicia, finalmente, en lo que podríamos llamar su “última etapa”. Si la crisis se instala, el desgaste político, el costo social y el vacío de alternativas podrían convertir a este período en el puente hacia una derrota asegurada en 2027. Y la reconstrucción que venga dependerá de qué tan profundo haya sido el daño y cuántos recursos sociales queden para recomponer.

En los próximos meses viene un combo difícil: devaluación, dólar al alza, inflación que se dispara y pobreza que crece. Aunque algunos datos oficiales apuntan a mejorar, el músculo real de la economía sigue endeble. Cuando eso ocurre, emerge con más fuerza el tejido social: las organizaciones barriales, los sindicatos, las redes de contención que funcionan al costado del Estado o incluso como su reemplazo. De ese barro, de ese malestar que ya no puede ocultarse, puede nacer lo que podríamos llamar “el nuevo devenir peronista”. Una recomposición social que no necesariamente tenga los rótulos de antes, pero que responda a lo que el pueblo pide: justicia, dignidad y acompañamiento. Y ojo: que ese devenir llegue no significa que lo haga de repente, sino que se construya mientras el ajuste duele. Por eso lo social importa, no como adorno, sino como eje de lo que se viene.



Un país para todos, incluso los que el sistema olvidó

Y acá va la parte que más me interesa: la parte esperanzadora, la que nos permite levantar la mirada incluso cuando el presente aprieta. Porque para mí, construir una Argentina grande no es soñar con autos de lujo ni Victoria 's Secret, sino rescatar a aquellos que más sufren.

Pienso en los jubilados: esos hombres y mujeres que dieron su vida al laburo y que hoy muchas veces sienten que este país los dejó atrás. Pensar en una política pública que los tenga en cuenta es una señal de grandeza. Lo mismo en salud: que cada chico y chica del barrio pueda exigir atención digna, y que el Hospital Garrahan no sea una excepción sino un punto de partida y ejemplo.

Y, sobre todo, pienso en la educación pública. Porque si Argentina quiere realmente levantarse, no bastan medidas de corto plazo: hace falta formar, ilustrar y liberar. Educación pública fuerte, pública de verdad, que llegue a cada rincón, que no marque los que “pueden” y los que “no pueden”. Esa educación que honra, que da herramientas, que abre mundos.

Y acá está una de las mayores grandezas de este país: que un hijo de laburantes pueda llegar a la universidad y cambiar su destino para siempre. Que una madre haga números mil veces, aunque no alcance, para que su hija viaje a Córdoba. Que los viejos se paren orgullosos en la colación aunque no entiendan nada del título que su hijo está recibiendo, pero sepan (lo sientan en el pecho) que ahí, frente a ellos, está la prueba de que el esfuerzo sirve y de que el futuro puede ser distinto. Esa movilidad social que tantas veces dimos por sentada, hoy está en riesgo. Defender la educación pública no es una bandera partidaria: es defender la posibilidad de soñar. 

Así que cuando digo “construir desde lo cotidiano”, lo digo con esto en mente: un aula bien equipada, un maestro motivado y un alumno que desee ser muchas cosas. Eso es grandeza. Si el ajuste golpea duro (y va a hacerlo) entonces mejor prepararnos desde lo colectivo, desde lo que interpela la dignidad humana. No es genérico: es personal, es de cada uno, es de los que cuidamos los unos a los otros.

Las elecciones de octubre de 2025 marcaron mucho más que una renovación de bancas: definieron que ya no hay camino de vuelta para la narrativa de “la culpa es de los otros”. El gobierno ganó fuerza, sí, pero también ganó responsabilidad. Y nosotros, como sociedad, entramos en una fase donde los resultados importan más que los discursos. Si lo que viene se gestiona bien, podríamos estar frente a un cambio profundo; si se gestiona mal, el costo será enorme y el daño profundo.

Así que acá estamos. Es momento de enfrentar los discursos, de pagar las promesas. Y no con plata, sino con compromiso, presencia y humanidad. Porque Argentina no se hace sólo desde arriba: se hace con nosotros, desde nosotros.


Escrito por Morena Caballero

 
 
 

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